De la emigración idílica y otras coplas

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Hace relativamente poco tiempo que falleció mi agüela materna. Mi agüelo, un año menor, se niega a aceptar su partida, y menos mal, porque a esas edades hay cosas por las que no se debe pasar. Toca su sillón como si ahí estuviese, vuelve pronto del paseo y no quiere entretenerse porque dice que tiene que cuidarla. Mis agüelos —se me hace difícil utilizar la b después de 40 años— se conocieron en Catalunya: ella, de un pueblo de la Sierra de Baza, sirviendo en las casas; él, de un pueblo de la Sierra Sur de Sevilla, en cualquier lugar donde sus dos brazos de pocero pudiesen aliviar la miseria que le perseguía desde que nació. Eso ocurrió un año antes del golpe militar fascista, en un familia que sintió la calamidad de la posguerra de cerca al tener preso a su padre durante siete años. Y todo a pesar de su humanismo con los golpistas en el momento de la toma del pueblo. Fue apresado mientras custodiaba el calabozo municipal donde eran retenidos derechistas locales por la violencia que desplegaron días antes de la entrada de los fascistas en el pueblo. Pese a su generosidad, fue llevado dos veces al pelotón de fusilamiento, de las que pudo salvarse para, años después, partir con la familia entera hacia Barcelona en busca de un mejor destino, como otros muchos andaluces.

Mi familia no tuvo una emigración idílica, al igual que una inmensa mayoría de los de su generación, y fueron extranjeros en su mismo Estado y hasta incluso en su misma tierra: en las montañas de Montjuic, en una barraca cavada con sus manos, o en la isla del Guadalquivir, durmiendo en las aceras o en chozos, hasta que el jornal les permitía poder pagar una pensión, llevando a los menores a las campañas de uva en Francia, algunas veces retenidos por los gendarmes en los trenes hacinados, porque en ellos iban menores indocumentados con la intención de aportar un jornal más y ampliar el colchón entre todos.

Intentaban gastar lo mínimo para enviar todo lo que pudieran desde la fría Alemania y Suiza. Soportaron los trabajos más duros y vieron como muchos de sus compañeros caían enfermos debido a las duras condiciones o a las rebuscas de cualquier alimento en las cortijadas, en las varas de las aceitunas.

Mi suegro me cuenta como en Baleares la policía les golpeaba ya en la Transición al no aceptar los convenios de los sindicatos amarillos en los hoteles, al grito de “andaluces, malditos anarquistas”. Hace muy pocos años hablábamos entre los de mi generación y reconocimos como, pese a nuestra juventud, una parte importante de los trabajos que hemos realizado fueron sin contratación; los propietarios no nos daban de alta en nuestra propia geografía. Escuchar a esa misma clase solicitar algo que no ha realizado en su propia tierra por ley es tan asqueroso como el silencio.

A lo largo de una serie de años hemos asumido frases relacionadas con la emigración que no se correspondían con la realidad sufrida por nuestros antepasados. La emigración idílica es un relato construido por la derecha para negarse a sí misma y no reconocer las teorías marxistas de la división social del trabajo y el mercado mundial; ante tal deshonra, impusieron su relato como puntual a un sistema que se nos cae a trozos. La emigración idílica, con papeles, vivienda y puesto de trabajo asegurado, era proporcional al nivel adquisitivo de partida.

Frente a su narrativa y su clasismo contra las personas migrantes, tenemos el deber de desempolvar esas maletas, abrirlas y sacar a la luz esos relatos. Hemos sido durante muchos años un pueblo migrante, sabiendo mejor que nadie la relación entre materialismo y necesidad.

Garantizar los derechos humanos y reivindicar los mismos derechos para nativos y migrantes es responsabilidad del pueblo trabajador. El resto son constructos, donde las fronteras son sus garantías para seguir el proceso de acumulación. El pueblo trabajador de Euskal Herria, con sus organizaciones sindicales y movimientos sociales, lleva años trabajando en ese sentido, anteponiendo lo social a lo identitario, lo que les une como trabajadoras de lo que les separa. La luz de esos faros debe llegar a los puertos de migrantes para multiplicarnos en medio de tanta lucerada de pantallas con destinos oscuros cuando se consume su batería. Somos esa morralla que canta en murga y dice :

Ehto eh la murga los currelante
qu’al respetable güenamente
va’xplicar el mecanismo, tira palante
qu’e la manera ma bonita y popular:
s’acabe el paro y haiga trabajo escuela grati,
medicina y hospitá , pan y alegría nunca nos farten.
Que güervan pronto los emigrantes haiga curtura
y prosperiá.

(Carlos Cano , emigrante , autor e intérprete andaluz)

Autoría: Antonio Sánchez Gallardo, Asociación El Zurko, El Saucejo. 

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