El Congreso sobre los pilares del andalucismo abordó la relación con otros nacionalismos del Estado español

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–El feminismo andalucista o la soberanía alimentaria, entre los diferentes temas que se debatieron durante la segunda jornada–

El Congreso sobre los Pilares del Andalucismo, auspiciado por la Fundación Blas Infante en Córdoba, con la colaboración de la Universidad y el Ayuntamiento de Córdoba, quedó clausurado ayer sábado, planteó en su segunda jornada un diálogo con otros nacionalismos presentes en el Estado español.

Así, en la mañana de ayer, el catedrático emérito de Antropología y miembro del Patronato de la Fundación, Isidoro Moreno, aseguró que “el Andalucismo tiene tres pilares centrales: la lucha por el ejercicio de la soberanía como pueblo (como único camino para conseguir una Andalucía Libre), la solidaridad con los otros pueblos de Iberia y del mundo y el ideal de una Humanidad igualitaria, diversa y en paz (anteponiendo el Bien Común humano a cualesquiera otros intereses). De ahí su lema central: “Andalucía por sí, para Iberia (o los Pueblos) y la Humanidad”. Desde la Asamblea de Ronda de 1918, si falta alguno de estos tres pilares no deberíamos hablar de verdadero andalucismo (al menos de andalucismo blasinfantiano)”.

El andalucismo no es un nacionalismo más, aseguró Isidoro Moreno, ni se aproxima al egoísmo excluyente, sino “internacionalista y solidario y universalista”.

Moreno recordó que los andalucistas históricos nunca cayeron en la tentación de culpar de los “dolores” de Andalucía a ninguno de los pueblos de ese “Estado cadáver”, con el que se declaraban incompatibles e incluso “separatistas”. La solidaridad con Catalunya o sus contactos con el movimiento galleguista serían ejemplos de ese rechazo al centralismo, pero no al nacionalismo de otros pueblos de la Península, que sufrirían el mismo modelo de “colonidad”.

Y también hay que destacar -y ello tiene especial relevancia hoy- su solidaridad con los “otros” internos: con quienes se incorporan a Andalucía procedentes de otros territorios y culturas diferentes a la nuestra. Su rotunda afirmación de que “en Andalucía nadie es extranjero” debería inscribirse en la mente de todos los andaluces de conciencia y regir las políticas de las instituciones andaluzas”, señaló Isidoro Moreno.

Lluís Pérez-Lozano, militante de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y profesor asociado en el Departamento de Ciencia Política de la Universitat Pompeu Fabra, aseguró, en su intervención, que “en ausencia de un estado democrático federal mundial (y no estamos ni remotamente cerca de eso), la alternativa real a las naciones cívicas fuertes no es ninguna utopía cosmopolita, sino el poder incontrolado de los estados frente a sus ciudadanos; de las grandes potencias imperiales frente a los países de sus supuestas áreas de influencia; y del gran capital privado frente a las clases medias y trabajadoras de todo el mundo”.

“Toda respuesta genuinamente de izquierdas a este estado de cosas tiene que enraizarse, por tanto, en las naciones entendidas como proyectos abiertos. Los soberanismos de las naciones sin estado, y en particular los que se incardinan en la izquierda, tienen ante sí una tarea urgente: tejer redes de colaboración. En lo que respecta al estado español: hay tensiones reales (que no insolubles) entre algunas de sus reivindicaciones, pero hay muchos puntos de conexión profundos. Comparten, entre otras cosas, el diagnóstico sobre el estado-nación centralista y uniformista; la experiencia de la criminalización; una agenda social progresista; y la defensa de un orden mundial multilateralista, basado en los derechos humanos y la primacía del derecho internacional. La solidaridad internacionalista entre los soberanismos de izquierdas no es, pues, un lujo ni una declaración retórica: es una necesidad estratégica, en el contexto de la lucha contra la dominación en tiempos oscuros”, afirmó.

Rubén Cela, licenciado en Economía y Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Santiago de Compostela, que a nivel político formó parte de la dirección del Bloque Nacionalista Galego (BNG) durante más de veinte años, analizó la relación de Blas Infante con el nacionalismo gallego como una expresión concreta de su concepción solidaria y universalista de la soberanía. Antes de su viaje a Galiza, en septiembre de 1928 y su amistad con Antón Villar Ponte, Cela aseguró que “ya existía una circulación sostenida de ideas entre el andalucismo histórico y el galleguismo representado en las Irmandades da Fala, primero y del Partido Galeguista después”. Entre Blas Infante y el galleguismo, existió, a su decir, “una afinidad basada en la defensa del autogobierno, la crítica del centralismo y la vinculación de la cuestión nacional con la cuestión social”.

“Para ambos, la afirmación nacional debía servir a la justicia social y abrir una relación de igualdad con otros pueblos. Su legado invita a concebir la solidaridad entre soberanismos de izquierda como cooperación política efectiva y como rechazo de toda forma de centralismo, imperialismo o supremacismo”.

El escritor Chesús Yuste Cabello, licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Zaragoza y fundador en 1986 del partido Chunta Aragonesista, abordó la existencia de un “soberanismo aragonés, cívico y solidario”, que fueron los principios rectores de la creación de la Chunta: “Es un buen ejemplo de nacionalismo cívico, para el que la nación es la gente, las personas que viven y trabajan en el territorio, un pensamiento bien alejado del nacionalismo esencialista, excluyente y racista de formaciones como Vox y Aliança Catalana. Pero Aragón también son sus paisajes, montañas y ríos, lo que le da una dimensión ecológica al aragonesismo, enfrascado ahora en luchas ciudadanas por la defensa del territorio frente a macroproyectos extractivistas que pretenden convertir nuestro país en territorio de sacrificio”, señaló.

La jornada comenzó con las comunicaciones de Oscar Muñoz López –“El pacto federal de Córdoba de 1869 y su influencia en el pensamiento andalucista” o en la Constitución de Antequera, con profunda raigambre social—; la historiadora Eva Cataño García –“Rafael Ochoa Vila (1884-1967): Tierra, municipio y libertad económica”, un confitero georgista de la calle Sierpes de Sevilla que sostuvo que “la causa de Andalucía era, en el fondo, la causa de su gente —su trabajo, su tierra, su derecho a una vida digna—“; Manuel Ruiz Romero y Benito Trujillano Mena –que se aproximaron a la figura del hermano menor de Blas Infante, Ignacio—o la visión de Blas Infante del problema de la vivienda, en palabras de Manuel Hijano del Río, profesor titular de la Universidad de Málaga, a partir de que durante los primeros años de extensión organizativa y teórica del andalucismo, entre 1915 y 1923, sucediese en paralelo una crisis de la vivienda acentuada especialmente en toda Andalucía: “Las numerosas referencias encontradas y analizadas demuestran que el andalucismo rechaza radicalmente a todas las medidas adoptadas por la administración centralista monárquica y, desde la desconfianza, llama a la protesta de los inquilinos afectados”, aseguró.

La sesión vespertina de ayer comenzó con la disertación de Cristina Hernández, de la Universidad de Sevilla, que propuso “un diálogo entre el pensamiento andalucista, la educación artística intercultural y la pedagogía crítica desde una perspectiva de justicia social. Parte de una pregunta necesariamente política: ¿qué Andalucía construye la escuela y qué lugar ocupan en ella los saberes, imaginarios y producciones culturales históricamente situados en sus márgenes? Frente a una educación artística entendida como transmisión de un canon pretendidamente universal, se reivindica su capacidad para interrogar las relaciones de poder que determinan qué culturas y conocimientos son legitimados y cuáles quedan relegados al folclore, la periferia o la diferencia”.

Le siguió Magdalena Romero, que reflexionó en torno a la espiritualidad infantiana, más allá del concepto de religiosidad y partiendo a “El Libro Nuevo”, en el que Blas Infante enunció: «Andalucía necesita una dirección espiritual, una orientación política, un remedio económico, un plan cultural y una fuerza que apostolice y salve». Según Blas Infante, la crisis de su tiempo, “no era ni política ni económica, sino una profunda crisis humana y de humanidad”. Por ello, Blas Infante apostaría por una nueva espiritualidad como “la herramienta necesaria para la formación de un nuevo hombre y su proyección hacia una sociedad renovada y una política que dé respuestas”.

“El pensamiento de Blas Infante estuvo profundamente influido por la teosofía, la masonería y el misticismo, especialmente por el sufismo islámico. A través de los Centros Andaluces, Infante fomentó relaciones con círculos teosóficos e intelectuales adeptos al ocultismo y al misticismo comparado de la época (como las conferencias de figuras teosóficas en Sevilla), integrando esa visión universalista en su ideal de una Andalucía abierta a Oriente y entrelazada por los hilos de la espiritualidad”, aseguró la ponente.

A partir del libro de Blas Infante, “Cuentos de animales”, de 1921, Francisco Pereira defendió una comunicación escrita en colaboración con Nuria Bayo y Manuel Rodríguez, que sirvió en realidad para la propuesta que formulan desde EDELA (Escuela de Escritura en Lengua Andaluza), para una escritura estandarizada del andaluz: “Edela ha asumido el vacío otorgado por las instituciones andaluzas para enseñar la Lengua Andaluza estandarizada como tal, con la popular propuesta ortográfica EPA, la cual ha irrumpido desde internet como un volcán esparciendo sus aplicaciones, su impacto en redes sociales, conmoviendo de lleno en la mercadotecnia textil y publicitaria y abriéndose camino en diferente software para otorgar su reconocimiento de facto”.

Siguió, para concluir, una mesa redonda sobre el humanismo del andalucismo de Blas Infante, coordinada por el economista Manuel Delgado, también patrono de la Fundación, quien aseguró que “el humanismo de Blas Infante va estrechamente vinculado a su concepto de espiritualidad”, que “no tiene mucho que ver con lo religioso ni con ningún Dios en particular”, a partir de la conocida sentencia de Blas Infante: “Mi nacionalismo, antes que andaluz, es humano”.

“El amor a la vida que quizá es la causa más preciada del ser humano es la principal preocupación del humanismo en Blas Infante”.

A su juicio, el padre de la patria andaluza abogó por el “despertar de una nueva conciencia, un estado de conciencia nuevo que se puede conseguir la liberación de las principales formas de dominación y expresión existentes”.

Su cosmovisión se sitúa fuera de juego, en las antípodas del pensamiento hegemónico de la civilización occidental: “Es una cosmovisión que se sitúa, podríamos decir, fuera de la casa del amo, pero podríamos preguntarnos quien es el amo. El amo lo podemos identificar fácilmente es el hombre blanco, heterosexual, del norte, perteneciente a una élite económica y de poder. Se podría decir que es el sujeto privilegiado de la modernidad”.

Frente a ese hombre del norte que piensa luego existe –“la mente es considerada como lo esencial de lo que somos y desprecia y pone a su servicio todo lo demás”–, frente a ese hombre que se piensa aislado, que rompe con lo que le une a los demás seres, frente a su “mirada patriarcal”, que engendró el capitalismo o la explotación de los pueblos sometidos, con la naturaleza convertida en botín o mercancía sin límite, todo ello conduciría a que “por primera vez la humanidad ve en peligro su propia existencia”.

“Estamos al borde de un abismo tanto social como ecológico, a donde nos ha llevado la mente patriarcal. Ha llevado a la humanidad a una especie de delirio, de extravío. Estamos en la mayor de las desorientaciones, no sabemos ni donde estamos ni quienes somos”.

Frente a ello, la humildad de Blas Infante conduciría a la igualdad con todos los seres, sin supremacismo alguno: “El valor de un ser humano si estoy asumiendo en lo profundo ese sentido de la unidad del ser, no depende del tener o el poder de dominación, sino lo que tengo en común con el resto de los demás seres”, afirma Delgado.

La profesora y escritora Pura Sánchez se preguntó luego si es posible una alianza entre el humanismo infantiano y el feminismo andaluz: “Podríamos definir el feminismo andaluz como humanista, pero no en el sentido de la actual corriente así denominada, que no toma en consideración el papel de las relaciones de poder entre los sexos. Para que el feminismo andaluz se convierta en un instrumento de liberación para las mujeres andaluzas, y también para el pueblo andaluz, debemos ir más allá, profundizar en la idea de un humanismo otro, que tome en consideración el humanismo infantiano, pero también lo trascienda, porque debe denunciar la raíz del pensamiento opresor sobre las mujeres. Es decir, necesitamos poner en la ecuación de la dominación al patriarcado “ilustrado”, las relaciones de poder y la jerarquía entre los sexos. Se trata, en definitiva, de construir un nuevo marco de sentido en el que hablemos de un humanismo liberador que, frente a los sueños monstruosos de la razón, reivindique la radical dignidad del ser humano, incompatible con la explotación y la opresión, así como la necesaria sintonía entre el pensar, el sentir y el desear”.

A lo largo de su intervención, apostó por el resignificado de expresiones como feminismo radical, que profundice en las raíces, o cuestionó términos como “sororidad”, por su posible asimilación a la “fratría”, el supuesto pacto entre caballeros que sostiene las estructuras patriarcales del machismo. También propuso una alternativa a la palabra “empoderamiento”: “Sería mejor usar ´soberanía´”.

Concluyó la jornada con la ponencia de Mamen Cuéllar, doctora en Sociología – Agroecología y Directora General de Cooperación y solidaridad de la Universidad de Córdoba, que intentó dibujar “los vínculos y espacios de intersección entre el Humanismo y el Ecologismo, para abordar en un segundo lugar la cuestión de la alimentación como esa intersección entre la naturaleza y las sociedades”.

Frente al “ecocidio”, al que nos vemos abocados, Cuéllar apostó por dialogar con las propuestas desde el ecologismo y el humanismo hacía Blas Infante, a lo largo de su obra, en torno a la naturaleza y la relación de las sociedades con ella”. Frente a la especulación, Blas Infante concebía la tierra como “un bien común” y formuló criticas hacia el “antropocentrismo utilitarista”: “La plantación de un árbol es un acto de restauración de la patria”, citó a Infante, al tiempo que criticó la alimentación alejada del territorio inmediato que se ha convertido en norma en nuestros días.

Cuéllar defendió la soberanía alimentaria, “construida en respuesta a los oligopolios, a la concentración de poder, a la injusticia social global (ídem a los procesos de la tierra) que suceden en torno a la alimentación y los bienes naturales que se utilizan para ello, y la oposición frontal a las miradas que desde el fascismo se vienen construyendo alrededor de estos conceptos, del nosotros contra ellos, de la autarquía política y social; de las élites y las jerarquías”.

El concepto de Soberanía Alimentaria hermanaría dos conceptos, el de ecología y justicia social, presentes en la obra y en la vida de Blas Infante: se trataría, según Cuellar, “de romper las estructuras de poder y de las élites, construyendo desde una mirada de solidaridad y de justicia social, y profundamente antifascista”.

Mamen Cuéllar, en el coloquio, se mostró crítica con que la izquierda política, en Andalucía, venga siendo esencialmente urbanita y haya dejado de lado a la realidad rural que ha terminado viéndose representada por Vox: “¿O es que pensamos que todo el campo andaluz de repente se ha hecho fascista?”, inquirió.

El Congreso Los Pilares del Andalucismo, concluyó ayer sábado, a partir de las 22 horas, en la Sala Polífemo del Teatro Góngora, en la calle Jesús María, 10, con varias intervenciones sobre cultura y música andaluza, y terminó con un recital de la comparsa “El patriota”.

Autoría: Fundación Blas Infante.