El fascismo que anida en nuestros corazones

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Destruir al fascismo sería poco menos que destruir una parte de nuestro corazón, escribe Antonio Méndez Rubio en su libro (FBI) fascismo de baja intensidad, y tiene razón, pues una sociedad sin verdugos ni víctimas se nos sigue apareciendo insoportable, impensable, absurda. Lo único que les pedimos a ambos es que no nos estropeen nuestra realidad ensimismada, autista y tecnocrática, que en su necesidad se hagan invisibles o cuando menos espectaculares para que se hagan llevaderos, irreales, como cuando de niños entrábamos en la barraca de los espejos donde las imágenes multiplicadas al infinito nos hacían olvidar la presencia misma de los espejos.

Que el capitalismo y sus élites neoliberales se queden con el espacio público y con la opinión pública, que se queden con nuestras consciencias, que nos exploten y empobrezcan, que nos roben la vida, el futuro, la soberanía, que nos controlen y violenten, pero que podamos olvidarnos de esa zona oscura que conforma nuestro corazón porque la necesitamos para sobrevivir en este sistema.

Si esto es posible es porque Capitalismo y Realidad coinciden, son un mismo espacio sin afueras, ocupa el mundo y ocupa nuestras emociones con la misma eficiencia, o como decía Benjamin, porque la producción en masa es la producción de la masa, la producción de una realidad social cimentada sobre lo que destruye: las personas y el medio ambiente, para construir el ideal del espacio público desinfectado de naturaleza y de conflictos, de instinto y de pensamiento.

Todos los flujos deben sumergirse en el espectáculo, la actividad por excelencia porque en ella no pasa nada. El espectáculo no dice, repite lo que sé, por eso me gusta y por eso recurro a él constantemente, por su naturaleza tranquilizadora. Lo espectacular constituye lo común porque lo que muestra es nuestra única  experiencia de comunidad, pues dice lo que todos sabemos. Es decir, no comunica nada, porque en él todo se iguala en la banalización como forma de exorcizar el vacío, la soledad radical de los individuos solos, del consumidor de experiencias vicarias.

Todas las diferencias caben en la norma, porque la norma es la diferencia normalizada, es decir, que se admite la diferencia pero sólo dentro de la norma que neutraliza la diferencia. Se admite la diferencia mientras esa diferencia haya renunciado a toda potencia propia, a pensarse como una diferencia antagonista.

Toda la vida es movilizada, pero para mantenerla dentro del cepo del trabajo asalariado, de la hipoteca, de los códigos del consumo, del miedo a la exclusión social.

Todos los estilos de vida son válidos mientras no pretendan ser más que eso, una opción cultural dócil, compatible y claudicante, pero rentable en términos empresariales e ideológicos, pues tras ellos se difuminan las clases sociales, se naturalizan las diferencias económicas, se enmascaran las tensiones y se desvían los problemas políticos.

Todos normales, todos disponibles, todos juntos, todos solos, esta es la buena nueva que el fascismo de baja intensidad trae a nuestros corazones.

El capitalismo se afirma sobre la corrupción, el egoísmo, el cinismo y el espíritu de lucro y esa es nuestra ideología por mucho que nos gusten palabras como altruismo o solidaridad. Para los que nos movemos en la dialéctica capitalismo versus comunismo, para los que aún alentamos cierta militancia social, el que estas palabras sigan existiendo, aunque vaciadas de contenido la mayor parte del tiempo, sirve, al menos, para darnos seguridad de anticapitalistas, su enunciado pareciera que nos sitúa mágicamente en otro lugar, lejos de esa parte oscura de nuestro corazón que puede seguir integrando en la síntesis el humo que sale de los hornos crematorios, luchando contra el mal sin saber que también nosotros somos parte del mal contra el que decimos querer luchar.

Necesitamos desafiar la catástrofe de nuestra actual forma de vida y necesitamos compartir con los otros la catástrofe de lo que hemos llamado hasta ahora vivir, pues  hemos crecido entre el miedo y la esperanza, que al fin y al cabo no son más que dos formas del mismo estado de sometimiento. Entre la ilusión sobre cómo me gustaría vivir y el autoengaño para no reconocer cómo vivo, creció el microfascismo en nuestro corazón, y solo sanará practicando una ética de los cuidados con los afines, un compartir valores, estrategias, recursos y espacios con quienes estén por asumir compromisos, crear comunidades dispuestas a vivir, desde la desafección, el adiós fundacional al Estado y al Capital.

Necesitamos romper con el silencio espeso y paralizador en el que se desarrolla la tragedia de las víctimas y los verdugos, escuchar a los que nunca han hablado y reconocer la voz de los que nos han hecho creer en su hablar que realidad y capitalismo eran la misma cosa.

Necesitamos encarar la injusticia social, iluminar esa zona oscura de nuestro corazón  para subrayar el carácter insoportable de lo vivido, la dimensión del problema de vivir con ella, para salir de la indiferencia, de la violencia, del sometimiento, para volvernos vulnerables, dignos, para sanar esa herida, para preguntarnos por una vida, la nuestra, que tal vez pueda ser algo más, un lugar donde encontrar al otro, una experiencia del nosotros que politice y transforme lo social.

El fascismo de entreguerras se demostró un obstáculo para el desarrollo del capitalismo, así que revistiéndolo como el mal absoluto, el capitalismo se pudo hacer pasar por el bien relativo. Mostrando las víctimas del fascismo el capitalismo ha continuado ocultando las suyas, pero el fascismo seguirá vivo en nuestro corazón mientras nuestro sistema político democrático se base en el miedo a la democracia, mientras la libertad sea un privilegio sociopolítico, mientras no nos opongamos a las formas de opresión y dominación que hemos aceptado a menudo sin reconocerlas como tales, mientras nuestras costumbres y nuestro comportamientos sigan mediatizados por el Mercado y el Estado, mientras no estemos a la altura de lo que nos ocurre, mientras no saquemos la rabia contra el mundo por ser como es y contra nosotros mismos por ser como somos, mientras nuestros valores no sufran una conversión transcendental hacia la empatía, la compasión, la alegría compartida y la recuperación del sentido de lo sagrado.