El pin y el pan

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Mucho se ha escrito en las últimas semanas sobre el llamado pin parental que la ultraderecha intenta impulsar en los centros educativos de las comunidades autónomas en que gobierna. Diversos sectores de la izquierda política han reaccionado contra una propuesta peligrosa, que representa una amenaza seria contra los derechos de los menores y contra la educación pública como herramienta de vertebración democrática. La ultraderecha, por su parte, refuerza la presión con esta propuesta, y en pocos días ha conseguido insertarla en el centro del debate público. Lo interesante, llegados a este punto, es ver cómo afronta cada parte la batalla ideológica que se esconde tras el pin parental. En este sentido, propongo dos ideas sobre las que pensar:

1.- La ultraderecha, el pin parental y la hegemonía neoliberal

Con la propuesta del pin parental la ultraderecha ha conseguido abrir un debate de hondo calado y movilizar en su favor a una parte considerable de la sociedad. Y eso, por más que nos duela, no puede explicarse como un simple ejercicio de engaño masivo, ni como la explosión aberrante de una masa irracional. Explicar este movimiento de la ultraderecha como un borbotón de odio, como el resultado mecánico de su inclinación natural a lo facha y lo casposo, es tanto como infravalorar al adversario, y no hay nada más peligroso en este tipo de escenarios. Haríamos mejor en reconocer que con el pin parental la ultraderecha ha conseguido conectar con la fibra emocional de amplios sectores sociales, y tratar de comprender cómo y por qué para poder contrarrestarlo.

Es interesante en este punto observar cómo el argumentario que respalda el pin parental descansa simultáneamente sobre dos reservas ideológicas diferentes: el fascismo clásico y el neoliberalismo. La defensa de la familia tradicional y la homofobia son ejes tradicionalmente asociados al fascismo en el que indudablemente VOX y sus afines encuentran muchos de sus antecedentes y de sus fuentes de inspiración. Pero al mismo tiempo la apuesta por el pin parental moviliza indirectamente ciertos elementos clave en la arquitectura de la sociedad neoliberal: el individuo como núcleo central y depositario último de toda legitimidad, el rechazo al Estado como potencial invasor del espacio privado y el valor sacrosanto de la libertad de elección de los particulares.

La izquierda se equivoca cuando carga las tintas de sus críticas exclusivamente en el primer bloque de elementos. Se equivoca cuando pretende hacer de VOX y sus iniciativas la caricatura de un macho ibérico asilvestrado y embrutecido por su obsesión con el viejo fascismo. Se equivoca porque la potencia de la ultraderecha actual radica precisamente en su capacidad para conectar sus demandas clásicas con el ideario neoliberal que las legitima en nombre del derecho privado a disentir y de la ya consabida canción de que el consumidor -de centros educativos en este caso- siempre tiene la razón. Asumir que la ultraderecha impulsa el pin sobre los valores del neoliberalismo no sólo permite una mejor comprensión de su impacto. Además, nos obliga a repensar muy críticamente qué papel ha jugado cierto progresismo pseudo izquierdista -el PSOE y sus muletas, para entendernos- durante cuarenta años de políticas que, también en lo educativo, han contribuido a reforzar el individualismo consumista y a reducir la enseñanza a una mera formación técnica de individuos para el mercado, despojándola de todo su potencial como herramienta de defensa de lo común. No se puede cultivar durante tanto tiempo el empeño obsesivo con la competitividad individual, la efectividad técnica y la austeridad material y luego sorprenderse de que muchos monten una guerra contra cualquier contenido escolar que apunte a la defensa de valores comunes no traducibles en ítems académicos contrastables.

El problema, en definitiva, no es sólo que muchos padres puedan compartir el modelo excluyente de familia que defiende el fascismo clásico (que también). El problema es que a esos padres se suman otros muchos dispuestos a aceptar que lo mejor para todos es sacar de la escuela pública todo lo que no esté estrictamente contenido en el diseño curricular de las asignaturas. Si antes han interiorizado que la escuela es un mero medio para hacer de sus hijos individuos competitivos y emprendedores, no es difícil que ahora vean en cuestiones como la educación sexual un entretenimiento absurdo, o incluso una palanca para la manipulación de sus niños.

El mensaje de la ultraderecha crece cuando comienza a ser más difícil enfrentarlo que reproducirlo. Y hoy para enfrentarlo la izquierda tiene que movilizar a muchos padres que abandonaron el activismo en las AMPAs como lo abandonaron en las AVVs, en los sindicatos y en los partidos; y a muchos docentes cansados de ser señalados permanentemente como señoritos mimados con altos sueldos y vacaciones demasiado largas. A la ultraderecha, entre tanto, le basta con azuzar la polémica para provocar lo que toda esa gente ya ha interiorizado previamente: el repliegue hacia lo privado, el abandono del debate público y el hastío por todo lo que suene a política.

2.- La izquierda y el pan contra el pin

La respuesta al pin desde un amplio sector de la izquierda puede condensarse en una coletilla que ha hecho fortuna en los últimos días: frente al pin, nosotros nos centramos en el pan. Desde esta posición se reivindica orgullosamente medidas como la subida del SMI o la subida de las pensiones. Como si estas medidas fuesen lo realmente importante -lo material, lo de comer- y el pin fuese un rollo estrafalario que no interesa a la gente. Como si el pueblo -el bueno, el auténtico- solo se preocupase de comer y los debates ideológicos, como la educación o la identidad nacional, le fueran indiferentes. La izquierda española se refugia así en la coletilla del “pan contra el pin” para rehuir la batalla ideológica sobre la educación, de la misma forma en que antes se refugió en otra coletilla, “las banderas no se comen”, para rehuir la batalla ideológica sobre el derecho a decidir. La izquierda española se hace trampas al solitario, y lo fía todo a una singular traducción de la pirámide de Maslow al terreno de la acción política, donde todo el esfuerzo se aplica en la cobertura de las necesidades materiales antes de poner un pie en el campo de las ideas.

Mientras tanto, el pin parental refleja la apuesta decidida de la ultraderecha por afrontar la batalla ideológica en el marco de una crisis económica, política e institucional que ha hecho saltar por los aires todas las certezas que antes daban seguridad a la población. Mientras el grueso de la sociedad se hunde en el pánico a perder el trabajo, a perder la casa, a perder el bienestar privado que debía compensar la ausencia de otras expectativas una vez alcanzado el fin de la Historia, la ultraderecha reconoce ese pánico, lo traduce en una serie de fantasmas acotados (los inmigrantes, las feminazis, los progres) y plantea su alternativa: el pin parental, la ilegalización de partidos, el cierre de fronteras y otras similares. Medidas todas peligrosas y éticamente repugnantes, pero que pueden conectar con la gente en la medida en que se proyectan hacia el futuro y se presentan como solución sustitutiva a modelo de sociedad que no funciona. La izquierda, entre tanto, parece renunciar a la batalla ideológica y se refugia en el absurdo posibilismo de la gestión de gobierno en el presente.

El pin parental tiene un futuro incierto, y no es fácil adivinar su recorrido jurídico y las dificultades técnicas que pueda encontrar para su aplicación. Ahora bien, esta medida ya ha conseguido en gran medida algo tan importante como copar la agenda mediática y centrar el debate público en la iniciativa de la ultraderecha. Esto se explica por una serie de factores que son muchos y son complejos. Pero por el momento dos ideas podrían servirnos para reflexionar desde la izquierda sobre el escenario en que estamos. Por un lado, la ultraderecha afronta de lleno la batalla de las ideas, fagocitando los miedos extendidos por la crisis y ofreciendo alternativas que conectan con algunos de los valores que han sustentado el sentido común neoliberal. Por otro, la izquierda invierte los papeles presentándose como garante del orden, como responsables conservadores de lo que ya existe. Y rehúye el debate ideológico centrándose en el suministro de pan. Como si no se supiéramos que no hay pan para tanto chorizo.

Ante un modelo de sociedad en crisis, la izquierda no puede abandonar la batalla de las ideas. La respuesta a los envites de la ultraderecha no pueden reducirse en ningún caso al enroque en la gestión institucional y los llamamientos a la prudencia. Ahora más que nunca necesitamos una apuesta valiente por medidas de ruptura, que permitan imaginar un futuro alternativo al fascismo pero también a una imposible gestión civilizada del capitalismo neoliberal.

Autoría: Curro Cuberos. Antropólogo, investigador en el Departamento de
Antropología Social de la Universidad de Sevilla. Miembro de Asamblea de Alcalá y de Asamblea de Andalucía.