¡Felipe, un plato de arroz con hinojos!

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Eso fue lo que le gritó al rey un vecino espontáneo del Polígono Sur a su salida del Centro Social Don Bosco, visita que ponía fin a la parada del tour real en el barrio que encabeza la clasificación de la pobreza en España. Lo hizo además dos veces, primero dirigiéndose a Letizia y luego a él, segundos antes de que ambos pusieran rumbo a la Catedral en un Mercedes blindado de medio millón de euros. Realmente yo no sé – ni creo que nadie pueda saber- si este grito era una invitación a probar el arroz con hinojos o más bien una demanda, o las dos cosas, o me da igual, lo importante es que fue la ambigüedad y la guasa la que permitió que este vecino burlase cualquier apariencia de pleitesía que se espera en estos eventos.

A un kilómetro de esta escena sí que se guardaba con celo ese protocolo de seguridad, cercando a personas que de manera abierta y legítima habían acudido al lugar para denunciar la obsolescencia de una institución fundada en la herencia de sangre, vestigio y relevo directo de la dictadura franquista en su último restablecimiento, legitimada en la paradoja de un Estado que se dice democrático y que mantiene la inviolabilidad de un monarca corrupto al tiempo que se jacta de una Constitución en la que todos los ciudadanos son iguales ante la ley. Podría seguir con la larga lista de motivos que justifican la indignación ciudadana y la necesidad de organizar esta acción alternativa a una jornada que desde el reverso de la oficialidad puede leerse como una instrumentalización de la situación de desigualdad que vive históricamente nuestra sociedad, especialmente visible en tiempos de crisis y tras las recientes actualizaciones de los informes sobre indicadores de pobreza en este país. La utilización con fines propagandísticos de una emergencia social que se ha cebado, como siempre, con los sectores más vulnerables, daría para un amplio análisis, más aún teniendo en cuenta que el primer discurso de Felipe relacionado con la alerta sanitaria llegó tarde y envuelto en el último escándalo protagonizado por su padre, al cual evitó mencionar. Pretender, en estas circunstancias, blanquear la corona mediante un tour con dos ejes claramente diferenciados por opuestos, el primero, reconectar la institución con la calle –permítanme que sonría- y el segundo, impulsar el turismo de interior, no daría tanta grima si no hubiesen pasado en menos de veinticuatro horas del “Da gusto ver ya un poco de ambiente en la playa” al “¿No limpian el barrio si no venimos nosotros?”.

Como digo, todo este escenario, y utilizo el término en su acepción teatral, daría para
pensar, pero prefiero dedicar este espacio a visibilizar las razones por las que pienso que
el barrio ha dado una lección de dignidad improvisada –que no inconsciente- frente a
tanta Majestad.

Se ha querido vender en algunos medios –y me llama más la atención, en redes afines a
movimientos antimonárquicos-, la represión de las personas manifestantes en Cencosur,
no ya en contraposición a los miembros de la Casa Real y su séquito, sino en relación
con las vecinas y vecinos que sí pudieron acceder a las inmediaciones de los lugares
pactados para la visita. Los comentarios generalizados acerca de la simpatía de estas
personas por la corona, creo que hacen poca justicia a los hechos, o al menos así me
gustaría interpretarlos. Por un lado, porque creo que el mismo matiz clasista y racista
que hizo que se extremaran las precauciones y la distancia de seguridad respecto a los
reyes –en ocasiones muy cercanas hemos podido ver a Felipe paseando sin mascarilla e
incluso esperando pacientemente una degustación de jamón serrano en plena calle-, fue
el que sirvió para que la policía fuese a controlar a los grupos que creía organizados y
descuidase al común de vecinas y vecinos que consideraban “curiosos”. O como dijo un
conocido periodista monárquico en un programa de análisis político: “¡Qué van a saber
estos pobrecitos ignorantes sobre qué es monarquía o qué es República!”. En la primera
de las dos filas de personas que nos encontrábamos a la salida de Don Bosco –y creo
que la baja presencia ya puede identificarse como una acción contundente de
indiferencia y un golpe al monarca-, dos mujeres gritaban entre risas “¡Rey Juan Carlos!
¡Corina! ¡Un saludo pa las 3000!”. Ante la falta de respuesta una de ellas le espetó un
“¡Saborío!” y a menos de dos metros un policía sonreía tenso. Que me diga alguien si
eso no es una manera de reclamar justicia social.

Si bien en Andalucía existe una amplia conciencia, al menos en determinados espacios,
acerca de la riqueza de nuestro lenguaje y de nuestros modos de expresión, creo que a
veces fallamos en la medida en que los reivindicamos como una realidad aislada en
lugar de integrarlos como una forma de lucha transversal. Plantear fórmulas desde el
guaseo, la alegría/alegoría o los juegos de palabras, no solamente no le resta un ápice de
seriedad ni conciencia a nuestras causas, sino que las vuelve más inclusivas y además
permite que se transgredan los límites de lo censurable. Para mí que la sonrisa tensa del
policía era una manera de protegerse frente a la fiesta incontrolable que había ganado
ese espacio, como cuando te caes al suelo y te ríes antes de que los demás lo hagan por
ti. El vecindario ganó porque no ofreció a Felipe reverencia, pero tampoco le regaló una
estampa victimista o subalterna. Le arrojó, desde el poderío del tú a tú, un plato de arroz
con hinojos.