Las cosas difíciles son bellas. Réquiem por Esperanza Albarrán

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El pasado 21 de diciembre, casi coincidiendo con el solsticio de invierno, murió Esperanza Albarrán Gómez, que había sido catedrática de griego del instituto San Isidoro entre 1961-1998. Esperanza pertenece al selecto número de los docentes maestros, capaces de concitar la admiración tanto de quienes aprendieron a amar el griego clásico mediante su magisterio cotidiano en el aula, como de quienes la respetaban aunque no tuviesen aprecio por esa lengua. Lo consiguió por cualidades personales de carácter como su talante, su firmeza, al mismo tiempo que su empatía con quien no sabe pero se esfuerza por saber; y también por tomarse su tarea con devoción, como han de asumirse las magistraturas cívicas y religiosas. Con dedicación absoluta y con gratuidad en el afán. Aquí estuvo su primera enseñanza.

En el mundo educativo, tanto en la enseñanza secundaria como en la universidad, hay un perfil cada vez más raro, dada la dinámica del ecosistema universitario (crecientemente colonizado por el valor del productivismo investigador): quien se toma la educación, ese compromiso de acompañar a los estudiantes, con dedicación sin cuento. Enseñar no es para estas personas un trabajo, sino una misión. Ella, a pesar de estar varios años enseñando en la Universidad de Sevilla, finalmente optó por regresar al instituto San Isidoro porque en la Hispalense no había hecho otra cosa que mantener su vocación pedagógica. A diferencia de su paisano, el zamorano Agustín García Calvo, con quien coincidió y de quien nos hablaba en clase, renunció a cualquier manifestación pública que la desviase de su misión, más modesta pero más trascendental, del aula. Parecía nacida para enseñar, para llevarnos de su frágil mano –una fragilidad corporal disociada de su hercúlea entereza de ánimo- por el áspero camino hacia una lengua clásica cuyo alfabeto habíamos de aprender con perspectiva arqueológica, descubriendo antecedentes de las letras latinas. Aun recuerdo las primeras hojas multicopiadas que desde el primer día de clase nos entregaba para, sobre las propias letras, enigmáticas, ir desvelando los secretos del griego clásico, desde su alfabeto hasta el aoristo, ese modo verbal creado para las acciones momentáneas que no expresan un proceso.

Fue motejada como la “kakona”, un escatológico juego de palabras que declinaba creativamente entre los géneros neutro y el femenino el adjetivo kakos/kaka/kakon” (malo), pero que en ningún modo se expresaba con sentido peyorativo: simplemente se manifestaba de qué modo el método de la profesora de hacer leer y traducir, y repetir, las palabras desde el primer día, en clase, era la mejor forma de superar la barrera lingüística y mental que suponía aprender una lengua para acceder a la cual era preciso conocer sus sonidos y sus letras en primer lugar; a continuación, sus reglas sintácticas. “O ánthropos mikrós kósmos estí(n)” (el ser humano es un pequeño universo), “Khalepà tà kalá” (las cosas difíciles son bellas, lo bueno es difícil), “Métron to áriston” (en la medida está la virtud) fueron las primeras oraciones que mi melancólica memoria rescata. Allí sentados, desnudos y vírgenes, nos llevaba de la mano para superar la barrera fonética y gráfica para acceder a una sintaxis que nos ensanchaba las estructuras mentales para organizar el significado, los modos de decir el mundo. Y simultáneamente, este trayecto era aprovechado por la profesora para atisbar al menos el fecundo mundo de pensamientos de filósofos, historiadores, poetas y dramaturgos de aquel rincón fulgurante del Mediterráneo y del tiempo: entre los Balcanes, Asia Menor y las islas del Egeo y el Jónico; entre los siglos VI y III antes de Cristo, entre los filósofos presocráticos y Luciano de Samosata, un autor que parodió a la teología, filosofía y la historiografía de su tiempo, y con el que no me he vuelto a encontrar. Ahí estaba otra cualidad del valor incalculable del método de Esperanza: te conducía –te educaba-, al aprender el cómo –la sintaxis de una lengua, su estructura de orden, esa matemática cuya aprehensión ya se convierte en significante para quien la aprende porque relativiza la lengua propia- te permitía asomarte a distintos qués: desde los pensamientos místico-racionales de los pitagóricos a las novelas de Aristófanes, pasando por toda la tradición de filosofía clásica. No era una reconstrucción sistemática, ni mucho menos, sino breves ejercicios de aproximación que te dejaban el sabor punzante del atisbo de mundos de ideas por descubrir. Aún recuerdo la traducción del pasaje célebre del Fedón platónico que narra la muerte de Sócrates tras una mezquina condena política. El episodio le daba pie a delinear las circunstancias históricas de aquel momento de crisis en Atenas (399 a.C.), a glosar su figura como pedagogo público, o hablar sobre la justicia y el cumplimiento de la ley. Conscientemente o no, aquella traducción, enseñaba también la virtud moral de la entereza ante la condena, un valor cívico de tal complejidad que sólo llegas a comprender posteriormente en todas sus dimensiones. Y así traducíamos a Tucídides o a Jenofonte, mediante los cuales avistábamos la confrontación entre el modelo político ciudadano del ágora de la polis clásica y el modelo de la relación monarca-súbditos del palacio-imperio de los reyes medas. Del mismo modo nos permitió intuir a Safo y su teoría de amor (lésbico) o a Aristóteles y su definición del ser humano como animal de la polis (“O ánthropos Zôon politikòn”). He aquí otra de las grandes virtudes de los mejores maestros: abren puertas cuyas sendas transitamos el resto de nuestra vida –y aquí he de confesar que fue responsable de mi decisión, siempre difícil, de optar por los estudios de Historia Antigua en la Universidad de Sevilla, al salir del bachillerato.

Me felicité cuando su labor fue reconocida mediante el libro homenaje de sus colegas del instituto (2011); o cuando recibió la medalla de oro de la ciudad (2017). Hoy no ejecutamos a las mejores pedagogas, nos limitamos a aplicar la cicuta a las humanidades, planificamos la enseñanza renunciando a conocer otros mundos y preferimos reducir la diversidad de la experiencia humana al código numérico. Así de rotundamente lo expresó Esperanza, quien desde su jubilación alertó sobre la deriva utilitaria de un modelo educativo que renuncia a una vocación formativa completa y que empezaba a erosionar la enseñanza pública recién reinventada, en los años ochenta. Ella denunció el porvenir crematístico (sic) del sistema educativo y social. Así lo dejó dicho y no encuentro posible más certeza ni más concisión para denunciar el hecho. Dicen algunas tradiciones que Caronte (brillo intenso, literalmente), el malhadado barquero del Hades que sólo permitía atravesar a las almas al otro lado del río Aqueronte si le presentaban un óbolo, dejó pasar a Heracles (Hércules), Eneas u Orfeo. Estoy seguro que habrá hecho lo propio con Esperanza, porque su piel fina y delgada, que le permitió siempre tener una apariencia de juventud a pesar de sus años, encarnaba el brillo intenso que nos transmitía en las clases y que nos marcó sendas de porvenir hacia el conocimiento gratuito como forma de experiencia humana.

Por todo ello, en estos días de celebración, brindo por su memoria, pues “oínos kai alétheia” (en el vino está la verdad) y porque revisando este texto me he dado cuenta de cuántas palabras escritas proceden del griego clásico y de cuántas de las cosas que me han interesado y he aprendido tienen su punto de inicio en la puerta que me abrió Esperanza en las aulas del instituto San Isidoro.