Aquí nos convoca hoy un imperativo ético, una ideología humanista, que pone la dignidad de las personas, la defensa de la vida y la universalidad de los derechos por encima de consideraciones políticas, casi siempre sesgadas y partidistas. Por encima de intereses y de cálculos estratégicos.
Hace ya más de mes y medio que se produjo la gran estampida en la que entraron en Ceuta, huyendo de la miseria, de la falta de democracia y de un futuro cerrado a la esperanza, decenas de miles de personas, sobre todo jóvenes, que creyeron en bulos y fueron manipulados por oscuros, o no tan oscuros, intereses de quienes monopolizan el poder en Marruecos, estrechos aliados del fascista paranoico Trump y del genocida Netanyahu. Las más de 70.000 personas que cruzaron por tierra y mar la frontera no tenían intención alguna de “invadir” territorio español, sino que creían en el espejismo de que cruzando esa frontera entrarían en un espacio de libertad y derechos. Este espejismo fue, sin duda, alimentado por la satrapía del majzén que quiso demostrar su poder de chantaje precisamente cuando celebraban la Fiesta del Trono: una coincidencia nada casual.
Aunque al día siguiente de la entrada masiva, y por su propia voluntad, cruzaron otra vez la frontera, ahora en sentido contrario, la mayoría de ellos, permanecieron en Ceuta varios miles de personas -se calcula que aproximadamente diez mil, incluidos unos tres mil menores de edad-. Ello ha producido una situación excepcional en esa ciudad y ha sido la base para la irrupción -quizá sí deberíamos ahora aplicar el concepto de invasión- de grupos de clara ideología racista y xenófoba que declaran abiertamente que, ante lo que llaman un ataque a la “integridad nacional”, han de guardarse en un cajón todas las normas legales que garantizan (al menos en teoría) los derechos humanos. Incluso no teniendo en cuenta que cerca del 50% de la población española de Ceuta tiene un origen bereber y es musulmana, la ideología de la extrema derecha utiliza la crisis de Ceuta para extender los discursos de odio, la islamofobia y el patrioterismo más casposo y para ahondar en la bronca partidista en que cualquier problema se enmarca desde hace unos años. Todo ello facilitado por la inacción, las contradicciones internas y la falta de claridad y firmeza en la toma de decisiones del gobierno del Estado.
Los sucesos y la situación de Ceuta se han convertido en una “crisis global”: a la vez “política”, “securitaria”, “migratoria”, “humanitaria” e “internacional”. Ríos de tinta en la prensa, miles de horas en debates y propaganda partidista, un sinnúmero de opiniones, frecuentemente ancladas en la intolerancia y el desconocimiento, en las redes sociales y en las conversaciones diarias… Pero nadie (o casi nadie) recuerda a las 150 víctimas que perdieron la vida en la frontera del Tarajal, la gran mayoría ahogadas, el día de la entrada masiva. Ni siquiera sabemos los nombres de la mayoría de ellas porque el número de cadáveres reclamados por sus familias ha sido muy reducido. Muertos anónimos que han sido borrados del mapa como si fueran una simple anécdota, un “efecto colateral” sin relevancia de lo que sucedió el pasado 30 de julio.
Nosotros, los aquí reunidos, convocados por el colectivo La Carpa y por la Asociación de Amistad con el Pueblo Saharaui de Sevilla, sí queremos recordarlos y expresar nuestro duelo. Nada existe tan valioso en el mundo como la vida de un ser humano. Y no existen seres humanos de primera, segunda u octava categoría. Mostramos aquí nuestro duelo, y también nuestra indignación por el pronto olvido de ellos, porque a ninguna institución interesa recordarlos. También declaramos nuestra exigencia de responsabilidades por esas muertes. Creemos que está fuera de toda duda -aunque el gobierno español se obstine en negarlo- que fue el régimen de Marruecos, la oligarquía que ahoga a su pueblo y lo tiene en la miseria mientras gasta miles de millones de dólares en un estadio faraónico para intentar que en él se juegue la final de la próxima Copa de Mundo de Fútbol, el responsable moral y también jurídico de esas muertes por incitar (y puede que también participar en su organización) el cruce masivo de la frontera. Un régimen, aliado del sionismo y del imperialismo norteamericano que también mantiene, ya durante 50 años, la ocupación militar de la mayor parte del Sahara Occidental y niega al pueblo saharaui su derecho a la autodeterminación y la independencia.
150 personas murieron hace unas semanas en la frontera de Ceuta. Por eso estamos de duelo. Pero no los mató la frontera sino la política de fronteras y de migración de la Unión Europea, incluido el Estado Español, que trata de construir una Europa-fortaleza impermeable a las aspiraciones y derechos de otros pueblos. Las fronteras en sí mismas no matan: lo que matan son las políticas de fronteras. ¿O es que las fronteras son un obstáculo para la movilidad de cientos de millones de turistas anuales que las cruzan sin problema a lo largo y ancho del mundo y que en determinados países y ciudades -esta nuestra para no ir más lejos- sí constituyen una verdadera invasión, que casi nadie nombra con esta palabra a pesar de sus perniciosos efectos? ¿Son las fronteras obstáculos para la movilidad de los capitales, de las grandes corporaciones supranacionales, del narcotráfico y del comercio de armas? Las que matan no son las fronteras, sino las políticas de fronteras acordadas por gobiernos, y en su caso parlamentos, de los países que presumimos de vivir en democracia y de respetar los Derechos Humanos. Son estas políticas las que convierten a las fronteras en muros o barrancos en los que morir es una de sus variables. En que incluso acercarse a ellas es un grave riesgo por la acción de los gobiernos de países que, como Marruecos, tienen subarrendada la represión sobre los potenciales migrantes a Europa a cambio del pago de cuantiosas sumas de euros y de la aceptación de sus regímenes dictatoriales, aunque ello no libre a los pagadores del chantaje, como ocurre en este caso.
El duelo que aquí, esta tarde, expresamos es, sobre todo, por las 150 muertes de Ceuta. Para que no se olviden. Para homenajearlas. Pero nuestro duelo es más amplio:
Expresamos también nuestro duelo por el creciente desprecio a los Derechos Humanos también aquí, en esta Europa cada vez más amurallada y reaccionaria, en la que se difunden cada día con más fuerza los discursos de odio.
Nuestro duelo por el individualismo, carente de solidaridad y compasión hacia los más débiles, que invade las mentes de quienes, aun viviendo problemas muy importantes en sus vidas, se creen por encima de los seres humanos de otros países, culturas y religiones.
Nuestro duelo porque se ha borrado del sistema de valores de las sociedades que se dicen cristianas que solo seremos bienaventurados si damos de comer al hambriento, beber al sediento y posada al peregrino.
Nuestro duelo porque cuando algunos cantan nuestro himno andaluz parece que se olvidan de que en él no solo se reivindica una Andalucía Libre, sino que también lo sean los Pueblos y la Humanidad: un mandamiento de solidaridad, a partir de la soberanía propia, siempre dirigida hacia el Bien Común de todos los pueblos y de todos los seres humanos.
El duelo es una fase necesaria en la vida de las personas y de los colectivos humanos. Una fase hoy casi olvidada porque es definida como improductiva por la ideología del capitalismo. Saltarse o ignorar esa fase tiene efectos muy negativos. Pero también es cierto que no es bueno, ni sería sano, vivir permanentemente en un duelo que nos arrincone en la pasividad y el inmovilismo. Por eso aquí, desde este duelo, exigimos responsabilidades por esas 150 muertes y también por los sufrimientos de los miles de personas, muchos de ellos menores de edad, que sobreviven en Ceuta en condiciones inhumanas; denunciamos la involución en Europa y nuestro país de los Derechos Humanos, individuales y colectivos; y llamamos a la organización de la solidaridad para que no se repitan hechos como los que hoy recordamos, ni sean necesarios homenajes como el que hoy estamos aquí haciendo. Para que el mundo sea menos desigualitario y no tengamos que borrar de nuestra esperanza el que “habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga Libertad”.

