Migrantes ‘invasores’ pero no sujetos políticos

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Hay una deshumanización clásica que presenta a los migrantes como peligrosos, invasores, beneficiarios gravosos de paguitas… Una operación de inferiorización que, por utilizar una expresión de Fanon, acaba por epidermizarse: la diferencia histórica, cultural o geográfica se proyecta como cuerpos que son movilizados según antojo de algunas potencias.

Y hay otra deshumanización secundaria que ahora domina buena parte del «debate» político y en el que se habla de ellos y son hablados como meras víctimas pasivas del complot de Estados (Marruecos, Israel, EE.UU., Rusia…) y de mafias; como cuerpos sin sin subjetividad política, agencia ni capacidad de decisión, desplazados por fuerzas geopolíticas o delincuenciadas.

No se trata de negar las variables de la confrontación entre potencias (las intrusiones, presiones, chantajes y amenazas de Estados Unidos o Israel operan dentro del estado español, sin que se denuncien como ataques a la integridad territorial). Pero, incluso en gran parte de la narrativa progresista, a los miles de migrantes se les expulsa del relato antes de ser expulsados del país al que llegan. Victimización secundaria a su despolitización. No se habla mucho de las causas estructurales ligadas a las relaciones de dominación y despojo neocoloniales del Sur global pero, sobre todo, se comete con ellos una forma de injusticia epistémica (Miranda Fricker) que les niega la condición de sujetos capaces de interpretar, explicar y narrar su propia experiencia.

Paternalismo humanitario, en el mejor de los casos, es lo que se opone a las posiciones racistas y posfascistas de la UltraEspaña.

Por tanto, dos operaciones aparentemente contradictorias pero complementarias. El exceso de poder político de los migrantes en su calidad de invasores y la desposesión radical de subjetividad política en la forma de cuerpos sufrientes que son transportados, utilizados, desplazados por poderes que deciden enteramente por él. En un caso se le atribuye una agencia excesiva y paranoicamente criminalizada; en el otro, ninguna.

En fin, el reconocimiento del sufrimiento —no desde luego por el facherío que va a misa—, olvidando la naturaleza política e histórica de los procesos migratorios, las relaciones de dominación y despojo que los atraviesan y la capacidad de agencia de quienes migran, no puede ir mucho más allá de una forma particularmente amable de cosificación: la cosificación compasiva.