Decía Timothy Leary que la contracultura era la cresta de una ola, una zona de incertidumbre, un algo indefinido a lo que es muy difícil tomarle el pulso porque esa ola, esa zona de incertidumbre es generada y poblada sin tenerse consciencia personal o grupal de que tal cosa esté sucediendo, con lo que, a menos que alguien sienta cierta fascinación historicista por ella, la ola se desintegrará en espuma una vez cumplido su ciclo vital y de ella apenas quedaran restos burbujeantes, huellas borrosas, testimonios fragmentarios que unas veces permanecerán como una incógnita y otras alumbrarán destellos de resistencia ante la putrefacción de la vida social.
Tal vez la contracultura no exista más que como la fascinación de quienes, una y otra vez a lo largo de los tiempos, buscan referentes gozosos y ocultos cómplices para la batalla deslumbrante contra lo establecido, contra el sólido dique de la sociedad en el que siguen rompiendo las olas libertarias, insumisas, sediciosas, alegres, juguetonas, traviesas. El fruto de esas búsquedas son las obras y las actitudes que hoy reconocemos como contraculturales, subterráneas, alternativas, obras que tal vez no querían ser obras de arte y actitudes que se convirtieron en políticas por su mismo rechazo de la política.
Vista así, la contracultura estaría formada por gente incómoda con los tiempos que le tocaron vivir, inadaptados e incapaces de encajar en ellos; por eso dan la sensación de que estuvieron siempre por delante del tiempo que les tocó vivir, porque decidieron quebrar las reglas sociales, rebelarse contra las normas establecidas, las convenciones y toda la racionalidad que cercan la vida en torno al conservadurismo y lo inmutable. A las reglas y restricciones sociales opusieron su singular mirar, al autoritarismo y la represión estatal respondieron con su ambiguo anarquismo, al consumismo contestaron con su beligerancia antimercantilista, a la avidez capitalista opusieron su antiproductivismo, al materialismo galopante enfrentaron una espiritualidad autogestionaria, a la gris monotonía de la muerte en vida bajo el capitalismo exhibieron su alegría de vivir, su confusa fraternidad, su exaltada generosidad, solidaridad y hospitalidad, su nomadismo, sus fugas, sus interrupciones, su discreta intermitencia, su arsenal enteogénico a la busca de una conciencia más profunda del ser y, a veces, también su soledad.
Algunos fueron beligerantes contra la sociedad que les tocó vivir con sus prácticas; otros, los más numerosos, se ejercitaron en una especie de desobediencia pasiva, una resistencia siempre en fuga, en la más pura de las estrategias de deserción, de dimisión de todo aquello que nos les gustaba, y se hicieron disidentes, transgresores, subterráneos, pero todos compartieron una inusitada vitalidad creativa, ajena a las anquilosadas formas de la cultura y la sociedad, un fervoroso entusiasmo que la mayoría de las veces se consumió en la nada y otras dejaron su pálido reflejo en los espacios que construyeron y compartieron: sus fugaces comunas, galerías independientes, bares alternativos, grupos de teatro o bandas musicales que dejaron tras de sí un activismo semiclandestino que se concreto en fanzines, pequeñas editoriales, cortometrajes, documentales, performances, maquetas, discos, productos hechos con recursos escasos y medios raquíticos que, en fin, hablan, más allá de sus cualidades estéticas, de un modo de vivir, de sentir y de relacionarse con los demás desde lo autogestionario, lo independiente, la honestidad y el antioficialismo; un modo de vivir que cuestiona las visiones establecidas, se burla de la propia cultura y la sociedad que le da cobijo como forma de superar las condiciones de la existencia ordinaria.
Desde la más dura de las intemperies, sin recursos económicos, sin apoyos institucionales, dieron forma a proyectos vitales personales y a proyectos culturales comunitarios o grupales donde el trabajo se valoró como creatividad, se reivindicó la libertad y la transgresión, se vivió a contracorriente como aspiración de transformación del sistema, como convencimiento de la necesidad de extender esos nuevos modos de vida que abocaban al cambio social, que anticipaban una sociedad diferente.
La contracultura no fue un error, como afirma Heriberto Yepez, el error es pensar que lo que nos ha llegado fosilizado, cosificado y manipulado por los mercaderes del capital transnacional como contracultura nos permite consumirla, deglutirla como puro entretenimiento, producir en ese consumo la ficción de habernos insertado en ella sin habernos expuesto a sus efectos más perniciosos y devastadores.
Lejos de la cacharrería objetual y mediática, la contracultura sigue siendo una actitud, una realidad a la que se responde con el cuerpo al desastre de la vida bajo el capitalismo no tanto para escapar de ella como para ofrecerse, siquiera como individuo, otra forma de vivirse; una revolución que siempre fue, en primera instancia, personal, aunque extensible por contagio físico y psíquico, una reunión de gotas que hacen crecer las turbulencias en el océano del orden social y que se hace visible cuando, finalmente, por unos instantes, se encrespa la ola.
Cuando creemos haber fijado la contracultura es sencillamente porque la contracultura ya no está ahí. La foto de la rompiente es historia congelada mientras la contracultura sigue viva porque hay gente que le sigue dando aliento con su vida, que lucha contra el tiempo de la muerte que significa el capitalismo, que quiere vivir sus propios deseos, hacer biopolítica con su cuerpo y con su sensibilidad, construir pequeñas utopías donde vivir los afectos, el trabajo, la economía o el arte, reconocerse, en fin, en sus polimórficas expresiones y tratar de crecer en ellas mientras se encrespa la ola.
