Mujeres y cárceles

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Se cumplen 90 años de un golpe de estado fracasado contra la II República que provocó una guerra de 3 años a la que siguió una dictadura de 40.

Los militares alzados en armas contra la República, con el apoyo de la jerarquía católica, la corona y los poderes económicos, desde el primer momento del golpe militar tuvieron entre sus objetivos principales la desaparición física y simbólica del enemigo. Para ello, no dudaron en deshumanizarlo, haciendo desaparecer a miles de personas, como seres sin nombre, en fosas comunes, en cunetas y en parajes apartados. Si fosas y cunetas fueron los lugares donde se hizo desaparecer a los y las asesinadas, las cárceles fueron los lugares donde se intentó hacer desaparecer a los vivos. Y cuando las cárceles saturadas no fueron suficientes, se convirtió al país entero en una cárcel donde la población civil sufría y penaba para sobrevivir, sobre todo esa inmenso número de personas sospechosas de haberse significado o de no haberse mostrado lo suficientemente adictos al llamado por los sublevados “Glorioso movimiento”.

En esa categoría tan amplia como arbitraria de los sospechosos, las mujeres ocuparían un lugar tristemente privilegiado.

Sabemos que la cárcel es un artefacto disciplinario ideado por los estados modernos para someter y controlar los cuerpos. Porque los cuerpos son el lugar en el que el poder se hace carne. En las cárceles franquistas, el cuerpo del disidente, de la disidente, debía someterse a esta disciplina, sin desdeñar el castigo físico, y acompañada de otras acciones que aumentaban el sufrimiento del reo y, por tanto, la pena, como una forma de control de las ideas. La cárcel, para las mujeres andaluzas, fue el lugar en el que esperar la condena, aunque esta, en ocasiones, resultara inferior en tiempo al periodo de cárcel en espera de la misma; la cárcel fue el lugar en el que aguardar el fusilamiento o donde pasaron años purgando el delito de haber participado o haberse puesto al frente de una manifestación, de haber recaudado fondos para el Socorro Rojo, de haber trabajado en la retaguardia del ejército republicano, de haberse mostrado desafectas, de haber incitado ellas, las eternas hijas de Eva, a los hombres para cometer delitos, de … haberse significado.

La cárcel fue también el lugar donde se las invisibilizó, negándoles su condición de presas políticas, que sí se reconocía en los hombres, incluyéndolas a todas en la categoría de delincuentes comunes. Entre estos muros, muchas mujeres cumplieron su pena acompañadas de sus hijos menores de 3 años, a los que alimentaban con la colaboración de otras presas y a los que trataban de ocultar a medida que iban cumpliendo años para que no se los arrebataran, convirtiéndolos oficialmente en niños desaparecidos o huérfanos, entregados a familias de la llamada “gente de orden”, donde a la vez que el nombre borrarían su identidad y castigarían a su madre de por vida a sufrir su ausencia.

En ocasiones, las cárceles eran un edificio ruinoso y con las ventanas abiertas a los cuatro vientos en un lugar remoto. En Saturrarán,, en Palma de Mallorca y en tantos y tantos lugares desperdigados por la geografía española, las mujeres andaluzas, las que sobrevivieron, cumplieron su pena, lejos de sus familias y de sus afectos.

A veces, a las presas no solo las seguían sus hijos e hijas. También las seguían las madres. En esta misma cárcel pidió ingresar la madre de Enriqueta Trujillo, apenas una niña de 16 años, condenada por su militancia anarquista. Y en esta cárcel murió, velada por su hija, el cadáver sobre una manta en el suelo helado, hasta el amanecer en que se la llevaron, metida en un cajón de tabaco, hacia una fosa común cualquiera…

Pero la cárcel fue también un lugar de solidaridad, donde las presas enseñaban a leer y escribir a las que no sabían, donde se turnaban para cuidar a las enfermas, donde se repartía lo poco que había y en cuyo patio se cantaban canciones en voz baja que demostraban que el encierro, el castigo y la disciplina física no lograban acabar con la libertad de pensamiento.

Las puertas de las cárceles. Esta puerta y tantas como esta fueron para muchas mujeres lugares de peregrinación diaria para apoyar a sus presos, llevándoles la comida que a veces ellas se quitaban de la boca, ropa limpia y noticias de sus seres queridos. Estas mujeres que, como una nube de mariposas, revoloteaban con sus cestillos de mimbre alrededor de las cárceles para hacer visitas o recibir noticias para escuchar en ocasiones la terrible frase: “llévate el cesto que donde está ya no necesita nada”. Estas mujeres tejieron entre ellas redes de ayuda y solidaridad que no solo hicieron posible la supervivencia de los suyos, sino también la de otros presos que, alejados de sus lugares de origen, veían comprometida seriamente su existencia. A veces, la peseta que recibían por lavar la ropa del compañero de celda del marido, el padre o el hermano, servía para el sustento de la familia que había quedado a su cargo. Y así fueron sobreviviendo cuidando y procurando el cuidado de los suyos.

Mujeres dentro y fuera, alrededor de las cárceles, penando las penas propias y las de los suyos. Una heroicidad que pervive en los relatos familiares, aunque todavía hoy necesite ser recogida y considerada como resistencia política en el relato histórico de aquellos tiempos oscuros.

Pero no solo sufrieron cárcel las reas, sino que todas las mujeres, aunque no todas en la misma medida, pasaron a pertenecer a la categoría de sospechosas. Es el destino que el pensamiento fascista reserva a las mujeres. Sospechosas de no ser suficientemente sumisas, religiosas sin devoción y entrega, poco decentes, para todas las mujeres, en realidad, bajo sospecha por el hecho de serlo, el régimen franquista construyó una suerte de cárcel con barrotes hechos de leyes que castigaban los delitos de forma desigual según los cometiera un hombre o una mujer; las puso bajo la tutela de órdenes religiosas católicas femeninas, que durante décadas sometieron a las mujeres jóvenes a un régimen carcelario, sin haber cometido delito alguno; creó instituciones supuestamente protectoras que practicaban una suerte de control asfixiante sobre las mujeres a quienes había que enseñar qué significaba ser mujer y cómo se alcanzaba tal condición. Y para quienes, por puro azar o por pura suerte, quedaban fuera de esos edificios destartalados, regidos por la crueldad de sus cancerberas, estaban las llamadas reglas de urbanidad que nos enseñaban cómo transitar por el espacio público sin molestar, sin hacer ruido, sin hacerse notar y recordándonos continuamente que el lugar que nos es privativo era el espacio doméstico, otra suerte de cárcel también, de la que no se podía salir si no era con una razón suficiente y cuyo umbral no podía traspasarse sin consecuencias. Las reglas de urbanidad y la Sección femenina. Las revistas y programas radiofónicos que nos prescribían cómo vestir, cómo sentir, cómo ser buenas esposas, cómo ser buenas madres…cómo ser femeninas… La construcción de la feminidad, una suerte de corsé disciplinario que debíamos asumir e incorporar como una segunda piel, para controlar así nuestro ser de mujeres que, de suyo y desde Eva, tendía a la desobediencia, el caos y empujaba a la humanidad al desastre.

Las mujeres, por tanto, durante la guerra de España y en los largos años de la dictadura habitaron distintas y, a veces, sucesivas cárceles, unas con muros y barrotes, otras confinadas en espacios cerrados, en el propio hogar, en las instituciones reeducadoras y, para las más díscolas e irredentas, en los manicomios.

El rastro de esta tela de araña que configuró el régimen fascista del franquismo quedó en el lenguaje, esa arma de estigmatización y señalamiento. Si entre los muros de cárceles como esta vivieron y penaron mujeres vencidas, rojas, individuas de dudosa moral, desafectas o mujeres que se habían significado, en la cárcel de fuera, hecha de normas, prohibiciones y vigilancia, habitaron mujeres sospechosas de no ser fieles a su condición de mujeres, por lo que debían ser tuteladas o, en el peor de los casos, señaladas como irredentas o locas.

Uno u otro espacio, la cárcel de muros altos, barrotes y alambradas, o la cárcel de normas, vigilancia, represión y prescripciones, tuvieron para las mujeres los mismos objetivos: crear cuerpos dóciles y domesticados con la pretensión de controlar así los pensamientos y los deseos; castigar a las malas mujeres de manera ejemplar, reeducar a las que se pudiera y vigilar continuamente a todas. A base de pautar el uso del tiempo, controlar los movimientos, los gestos y las tareas diarias, ocupar el espacio que a cada cual le correspondía según su género y su condición social, vigiladas continuamente por un ejército de educadoras de la Sección Femenina de Falange, de visitadoras sociales, de monjas, de curas, de jueces, o incluso por miembros de la propia familia o de la vecindad, erigidos en tribunales implacables del buen nombre y el qué dirán.

Miguel Hernández llamó a las cárceles fábricas de llanto. En esta cárcel, detrás de los muros que ya no están, esta puerta debe recordarnos qué caro cuesta conseguir y mantener la libertad. Pero también, que no hay muro, barrote ni alambrada que pueda aprisionar el pensamiento libre.