Discurso pronunciado en el Acto-Homenaje a Blas Infante

3

“Yo quiero responder con pensamientos buenos a tanta violencia y llevar un recuerdo de paz y de no violencia a todos los hombres sin distinción”.

Esa conocida frase de Blas Infante choca de lleno con el clima que envolvía a Andalucía, a España y a Europa hace noventa años. Ya Henry David Thoreau, en 1840, había publicado “Desobediencia civil”, un ensayo en el que enunciaba que la ciudadanía tenía el deber moral de rechazar las leyes injustas. Basándose en el cristianismo, León Tolstói publicó en 1894 “El reino de Dios está en vosotros”, en el que abraza el pacifismo radical que influiría poderosamente en Mahatma Gandhi que en 1936 tenía 30 años y que apenas seis años antes había liderado la Marcha de la Sal en la India, basándose en la «fuerza de la verdad» o resistencia no violenta, como método político activo de transformación social.

Sin embargo, Blas Infante también enunció unas bienaventuranzas particulares: “Bienaventurados los que combaten, porque ellos serán redimidos”. Su combate, sin embargo, no era solo de este mundo: “Si la revolución no es para el espíritu, quedaros con vuestra revolución, el espíritu es el único revolucionario verdadero”.

“Se mata a un hombre, pero no se puede matar una idea”, también lo dijo. Si hemos de creer al cantautor portugués Luis Cilia, contra la idea de violencia cabe anteponer la violencia de la idea. Pero fue el primero de estos conceptos el que arrasó a Andalucía, a Iberia y a la humanidad, aquel verano que, a decir de Alicia Domínguez, trajo un largo invierno.

Blas Infante fue asesinado en esta carretera, a caballo entre la madrugada del 10 al 11 de agosto de 1936. Mientras brillaban en el cielo las perseidas, las estrellas de los generales fascistas no iban a ser fugaces. Su no violencia iba a ser masacrada por la estrategia del terror, la del golpe de Estado de los oficiales africanistas y la de una guerra cuanto más larga posible para consolidar los poderes extraordinarios de Francisco Franco, que perdurarían incluso cuando hubiera terminado con el ejército rojo cautivo y desarmado, cuando principiaba una larga dictadura en la que los vencedores, a decir de Pedro Guerra, vencieron a los vencidos.

No sólo fue asesinado Blas Infante aquel día. También lo fueron otros muchos que representaban ideales distintos, pero que suponían las teselas de un mosaico diverso, el de la Andalucía y el de la España heterodoxa y plural, frente a la ortodoxia implacable de quienes sólo conciben un mundo posible, el de sí mismos.

Desde hace noventa años, en las fosas de este país, no sólo hay huesos sino ideales enterrados: republicanos o socialistas, comunistas y anarquistas, sindicalistas, masones o conocedores del esperanto y simplemente autores del crimen de la rebeldía, de la pobreza o de la esperanza. El hecho es que los restos de Blas Infante o los de Federico García Lorca simbolizan a los de otros muchos también desaparecidos, sin que nadie parezca interesado en plantear su rescate como una operación de Estado, imprescindible no para abrir heridas sino para intentar que cicatricen.

Blas Infante no fue el único andalucista pasado por las armas, noventa años atrás. También lo fueron, entre otros, Manuel Lucero, asesinado en Écija; Pedro Pino, en Jaén; Fidel Fernández, Manuel Medina y García Nielfa, en Córdoba; Chacón Ferrant y Adolfo Santibáñez, en Jerez de la Frontera. En esas fosas comunes, también se pudre, desde hace noventa años, el que iba a ser el primer estatuto de autonomía andaluza, si se hubiera podido impulsar en el tercer foro andaluz de 27 de septiembre de 1936, que nunca pudo llegar a celebrarse para ser ratificado luego en referéndum y elevado a las Cortes republicanas.

A menudo, se olvida, quizá intencionadamente, de que en esas tumbas sin nombre también hay otro ideal, el andaluz, en un sudario blanquiverde que una corriente de la estulticia humana parece dispuesta a enterrar de nuevo, quizá porque Blas Infante supo denunciar que “el estado centralista ha sido la causa principal del fracaso de todos los gobiernos españoles en lo que va de siglo”. Los acérrimos partidarios actuales de ese estado centralista, también son partidarios del fracaso. Del fracaso colectivo y del beneficio propio.

Son los herederos de quienes mataron a aquel “pobre notario de pueblo”, que ahora quieren orinar sobre su tumba desconocida, llamándole “tarado”, “islamista furibundo”, “falso padre de una inexistente patria” o “traidor y enemigo de España”. “Se mata a un hombre, pero no se puede matar una idea”, aseguró Blas Infante. Ahora, noventa años después de matarle, quienes quieren rematar su prestigio para matar su idea, ya gobiernan en Andalucía.

Noventa años después de la barbarie, asistimos a otra nueva, a esa guerra con sordina entre los grandes imperios y las viejas democracias. Entre quienes quieren un mundo unívoco y no multilateral. Entre quienes niegan que el sur exista, contradiciendo a Mario Benedetti, o lo convierten tan sólo en un granero de esclavos a quienes se encierra en las reservas de la miseria, entre fronteras más miserables aún: “Ya no vale resguardar sus miserables intereses con el escudo de la solidaridad o la unidad, que dicen nacional”, nos dejó dicho. En estos días, asistimos a una serpiente de verano que vuelve a colocar barreras en el corazón del viejo continente: “No queremos, no podemos ser sólo Europa, somos Andalucía”, nos recordó Blas Infante. Y, ¿qué es Andalucía sino el desarrollo de la igualdad y de la libertad, que “se acelera por la paz y solidaridad libre entre todos los seres humanos»?. También lo dejó escrito Blas Infante, que cuentan que gritó hace justo 90 años y en este mismo lugar: “Viva Andalucía Libre”. Pues eso: “Viva Andalucía Libre”. Para que no vuelva a morir el hombre. Para que no muera su idea.

Autoría: Juan José Téllez.