Me duele Andalucía

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Soy de una tierra de luz y esperanza. De donde habita el olvido, la indolencia y la trivialidad. Vengo de una Andalucía utilizada, incapaz, llena de catetos, tertulianos de preguntas absurdas, influencers barriobajeros, palmeros del poder y adoradores de becerros barrocos de oro. Anestesiada entre quienes quieren una Andalucía que sume a sus viejos tópicos con otros nuevos: Los de siempre renovados y ahora actualizados. Desde el franquismo nunca hemos estado inmersos en una identidad perversa e impuesta; tan miserable, vergonzante, individualista y enrocada en un bucle de tradiciones.

Me duele Andalucía porque este pueblo sabio, noble y rebosante de identidad; cruce de pueblos y siglos como tierra mestiza, plural y única a la vez; reduce sus posos de saber popular a la vulgaridad más imbécil. Siempre podremos buscar culpables alrededor, y, posiblemente, su falta de capacidad, orgullo y autoestima estén unidas a una falta de conciencia de clase ausente de saberse pueblo colonizado y cocacolonizado. Cierto. Como también lo es el lastre de su propia historia reciente empeñada en ser la más España de las Españas; siempre pendiente de lo que pasa en casa del vecino antes que en la propia. Cataluña está muy lejos.

Me duele y me jode en el alma aquellos que creen en la leyenda de que Andalucía no existe mientras se empeñan -paradójicamente- en dividirla y enfrentarla. Aquellos tarados que la niegan a la vez que hacen del insulto a Blas Infante, aún sin leerlo, objeto de su propaganda electoral. Aquellos que invocando una creación romántica se esfuerzan tercamente en promover un secesionismo orientalista que, bajo la corona del Reino de Granada, justifican una ruptura de nuestra Comunidad que solo sabe al viejo relato de la reacción ultraderechista y al manido recuso del antisevillanismo ¡Como si su “elaborada” crítica en la que perseveran debiera ser antes geográfica que ideológica!

Me lastima y me rebelan aquellos que hablan del pucherazo del 28F porque nunca podrán apreciar las conquistas constitucionales del 4-D y 28-F. Lamento que lo vivan con una obligatoriedad que les es impuesta y no aprecien lo mismo en un 2 de enero donde se le amputa parte de esa historia e identidad de la que presumen. Son los mismos que responden empapados de una decadencia académica y política, y que justifican su populismo supremacista, nacional católico y centralista como un freno desde la caverna más oscura a una izquierda de salón.

Sufro y desprecio al onanismo intelectual que solo gusta escucharse así mismo. Vivimos en una tierra donde demasiada gente lo sabe todo. Intelectualoides incapaces de mover un dedo y de trabajar en grupo. Impotentes en la trascendencia y obligados a tejer y destejer para buscar protagonismo a su ego. Miserables tóxicos envueltos en la miopía y el eco de sus palabras; ineptos para construir más allá de la barra de un bar. Eso sí, cátedros en lecciones de lo que debe hacerse y no hacerse para que este pueblo tenga futuro y conciencia. Pontífices de lo que es andalucismo e infantiano. Espíritus puros –neutros los llamaba Blas Infante- incompetentes para meter las manos en el barro que modela al pueblo y surfear entre las contradicciones que nos envuelven día a día. Me avergüenzan quienes dicen apostar por la cultura (como si no fuese parte de la política) y se estancan en un culturalismo vacuo, interclasista y elitista que les aleja de un pueblo al que nunca quisieron ni pudieron pertenecer y que dicen representar en todo momento.

Me duele la incapacidad de la izquierda para comprender el potencial de Andalucía como sujeto político con mayoría de edad. Me ruboriza quienes invocan la unidad del andalucismo sin más valor que el gazpacho ideológico de su conjunto y como si ese rédito, en sí mismo, asegurara una victoria electoral que nos acercara al Poder Andaluz. Me sonroja la incapacidad de los que se nombran socialistas revolucionarios contrarios al capitalismo y se retuercen en el centralismo más piramidal y sectario. Necesitamos generosidad, fantasía para conquistar una soberanía que no es sino devolver Andalucía, por sí y para los andaluces y andaluzas, su capacidad de decidir como pueblo capaz que en todo momento es. Adelante Andalucía siempre. Soy andaluz: no porque nací aquí, sino porque en este país quiero ser.