Moda, estilo, principios

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Directores de hotel, managers de producto, ejecutivos de compañías de los diversos sectores explican que incorporar ingredientes de sostenibilidad a la gestión, al servicio, al producto que ofrecen es algo más que una moda. Que lo de reducir el impacto de la actividad económica en la Tierra es algo que ha llegado para quedarse.

Bastantes de ellos lo siguen diciendo con la boca pequeña. Por falta de convencimiento algunos, por falta de viabilidad, otros. Porque incorporar la sostenibilidad como criterio de gestión en entidades que tienen que sobrevivir en un mercado abierto, es una decisión difícil por costosa, porque los cambios generan ineficiencias al principio, es decir, más costes, menos beneficios. Difícil, porque incorporar un barniz verde a la compañía sólo le resulta rentable a las fábricas de pintura. Difícil porque mientras tanto, otros, los menos escrupulosos, o los más pragmáticos, según se mire, mejoran su tajada del mercado.

Incorporar estos cambios no suele hacerse voluntariamente. Tenemos que percibir la necesidad del cambio para embarcarnos en él. El cambio tiene que visualizarse como la salida a un problema. Mientras no sea así, la aversión al cambio gana la partida, está probado. Es ahí donde tenemos que trabajar. Tenemos que entender todos que no es una moda, que es una cuestión empírica, que es una cuestión de supervivencia, de egoísmo inteligente. Tenemos que percibir de manera clara que los recursos son finitos, que no todo puede estar a nuestra disposición, que el usar y tirar tiene las patas cortas, que el consumismo y la ostentación de riqueza es una mediocridad que nos retorna al vellocino o la torre de Babel del antiguo testamento, esto es, un preludio del desastre.

No percibiremos el problema mientras no nos afecte, es así. No habrá sequía, por ejemplo, mientras abramos el grifo y salga agua pura y clara. No habrá calentamiento global mientras tengamos cerca el mando del aire acondicionado. No percibiremos que quemamos el territorio mientras llevemos alimentos de nuestra nevera al cubo de la basura. No habrá crisis energética mientras usemos el coche para todo. No habrá escasez de alimentos mientras nazcamos en países con poder financiero. El Mediterráneo será un lugar de vacaciones mientras no tengamos que embarcarnos para huir de nuestra tierra.

Mientras el concepto de sostenibilidad sea un adorno de marketing en la sociedad de consumo no estaremos implicados. Tiramos igual el vaso de plástico que el de papel reciclado, seguiremos tirando diez cada día. Llenaremos la bañera para relajarnos mientras no nos lo contabilicen. Iremos como autómatas a los lineales a echar en el carrito lo que otros decidan que tenemos que comprar mientras un cacho de plástico sea nuestro aliado.

Hay que meter a la sociedad en el problema si queremos el cambio que necesitamos. Un paso claro, contundente y, en mi opinión eficaz es el desarrollo de una incisiva fiscalidad verde. Que penalice el uso ineficiente de los recursos, que premie las buenas prácticas. Una fiscalidad verde exhaustiva, exigente, que sea a la vez, justa, gradual y redistributiva. Andalucía podría, por su ubicación geográfica, por su dimensión, por su configuración económica y social ser un referente en el sur de Europa. Sería un hito crucial del que podrían recogerse muchos beneficios a medio plazo.

Una tributación verde en la que el sentido recaudatorio sea meramente higiénico, para dotar servicios públicos. Un esquema fiscal que evite que el consumismo, que la irresponsabilidad del usar y tirar se maquille con materiales renovables. Un régimen fiscal que incentive la vanguardia de los empresarios comprometidos con el territorio y su gente. Un proyecto fiscal que, como máxima aspiración tenga la educación en la equidad intergeneracional. Porque no es más rico el que más gasta o atesora, sino el que más valora la finitud.

Estaríamos con ello pasando de la moda, al estilo. Estaríamos logrando configurar un modelo, una condicionalidad propia, una identidad. Y si lo hacemos bien, estaremos edificando un territorio faro del que otros estados puedan fiarse y guiarse. Porque la configuración de un modelo fiscal justo y responsable genera confianza, en las instituciones, en el propio sistema; cuestión que serviría, y no es baladí, para arrinconar primero y expulsar después el fraude y la picaresca que tanto daño nos hace, desde dentro, desde lejos.

Pinceladas como el programa de economía circular, el impulso de la producción ecológica, el impulso de las energías renovables pueden convertirse en punto de partida. Incorporar la sostenibilidad como criterio decisional porque nos afecta a nuestro rol como ciudadano es algo que sólo los países nórdicos están desarrollando en su legislación. Una adaptación gradual, pero rápida y valiente traería beneficios sociales, económicos y medioambientales a Andalucía. Estamos necesitados de todos ellos.

Incorporar estas conductas vía educación económica y fiscal conduce a una maduración política, que en el fondo es moral. Porque como afirmaba Moro, hacer política es hacer moral. Estaríamos por tanto fraguando principios de sostenibilidad que nos permitirían soñar con una Utópica Andalucía Sostenible.