No esperen bellas personas

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Hace ya algunas semanas que la Tercera División Andaluza de fútbol puso fin a su temporada con un partido que trascendió sobre todos, el Alma de África-U.D. Algaida. Semanas después, aún hay medios en todo el mundo que se hacen eco de la protesta llevada a cabo por el club formado por jugadores de más de 12 nacionalidades, vistiendo camisetas en las que los insultos racistas proferidos por jugadores o aficiones de otros equipos ocupaban el lugar de los nombres de sus jugadores. Y no es la primera vez que desde este club se ven en la necesidad de visibilizarse como lo que es, mucho más que un club. Recuerdo aún cuando Alma de África nos acompañó en El Corral de San Antón a un taller sobre reputación digital y nos sorprendió con un dossier en el que acumulaban cientos de referencias en prensa en todo el mundo. Y no es para menos.

No he podido leer todas las crónicas de aquel partido, pero en las que he tenido la ocasión de hacerlo, no he encontrado la crónica del final del encuentro. Un encuentro que terminó en pelea a escasos 2 metros de donde me encontraba con mi familia. Y en esa pelea, pues sí, lo podéis adivinar: hubo insultos racistas.

El fútbol es un deporte competitivo, de gran tensión y agresividad, hasta el punto de haberse normalizado el que se haya convertido en un deporte violento. Y lo que es peor, parece no servir de mucho los esfuerzos por concienciar y educar en la competitividad sana. Y es en ese contexto en el que hay que situar a los jugadores de Alma de África cuando disputan un partido. No podemos esperar que no sean jugadores agresivos, que no aprovechen su indudable potencial físico, que no insulten incluso. Están en ese contexto y ahí, no podemos esperar, ni debemos hacerlo, que sean bellísimas personas. No tenemos que exigirles que lo sean.

Y esto es extensible a cualquier otro contexto: el compañero de trabajo, el vecino de arriba, cualquiera puede ser migrante. Y porque pida respeto en dicha condición, no debemos esperar ni exigirle que sea una bella persona, porque tiene tanto derecho como tú a ser desagradable, a ser desagradecido, a poner música alta, a arrastrar muebles, a escupir en la calle o a insultar en un terreno de juego. Porque tú y yo, en el fondo, también somos así y el exigirles a ellos que no lo sean, es un síntoma más de una sociedad racista.

Alma de África tiene jugadores duros, que juegan al límite y que, en momentos concretos de un partido, pueden llegar incluso a escupir al jugador contrario. Algo muy guarro, pero que sucede en infinidad de partidos cada fin de semana. Tras esto llegan los insultos, que no empiezan mal: “eres muy puerco, muy puerco”, pero un segundo después, la cosa se tuerce: “después pedís respeto, negro de mierda”.

Quizás venga bien que en alguno de esos artículos de prensa sobre Alma de África, se diga que el cien por cien de sus jugadores no son bellísimas personas, como no lo son en ningún otro equipo del mundo, ni en ningún otro colectivo de personas. Porque de lo contrario, los estamos victimizando y volvemos a ponerlos en una situación de vulnerabilidad que hace que deshagamos lo conseguido por el club: ponerlos en una situación de iguales con el equipo y los jugadores contrarios.

Autoría: José Luis Fuentes.

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