A propósito de la mansedumbre andaluza

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Si en veh de se’ paharitos fuéramos tigreh bengala, a ve’ quién sería el guapito de metennos en una haula. (Las murgas de Emilio El Moro. Carlos Cano)

A través del ejemplo de Mijas, el trabajo Huan Porrah De la mansedumbre andaluza… Aconcagua, 2018) nos retrata lo que yo daría en denominar, parafraseando a Emilio El Moro, el “síndrome pajarito” que nos atenaza como pueblo y mantiene nuestra sumisión ante la imposición del orden injusto y depredador que, con diferentes denominaciones (Castilla, imperio español, España…) se no viene imponiendo desde hace siglos, desvelando algunos de los mecanismos empleados para ello. Porque en realidad no somos pajaritos (en plural, como individuos), como se nos hace sentir, sino tigre (en singular, como colectivo). Y eso lo saben de sobra los que nos dominan. Saben que el sometimiento de Andalucía a su orden es imprescindible para la existencia y reproducción del mismo. Saben, porque lo han experimentado en diferentes momentos (levantamiento morisco, movimiento jornalero, lucha por la autonomía…) que cuando el tigre se levanta pone en peligro todo el entramado que lo sustenta. Es por eso que desde hace siglos han intentado e intentan castrar al tigre para convertirlo en gatito, o al menos anestesiarlo para mantenerlo dormido, haciéndole soñar con ser bandada de débiles pajarillos. El establecimiento del dominio castellano, primero, de la corona y el imperio español, más tarde, y desde principio del siglo XIX, del intento fallido de constitución de España como estado–nación, han tenido y tienen en Andalucía su pilar fundamental, mucho más que la “integración” de otros pueblos y territorios. El sometimiento de Andalucía ha sido y es vital para la viabilidad del proyecto nacional español, tanto por razones cuantitativas (amplitud del territorio, tamaño de la población), como económicas (riqueza y diversidad de recursos naturales susceptibles de expropiación y extracción colonial), estratégicas (posición clave entre dos mares y dos continentes), o lo que es casi más importante, su indiscutible personalidad cultural, producto de un larguísimo y complejo proceso histórico de continuidades y superposiciones (J.A. Lacomba en La identidad del Pueblo Andaluz, 2001), vampirizada para intentar dotar de alma e identidad al golem español.

Como el logro de los objetivos geográficos, económicos y estratégicos, de la conquista y dominación de Andalucía, incluso el hipotético caso de ser factibles mediante el genocidio (la eliminación física) de la gente, hubiera conllevado efectos perniciosos, como por ejemplo el quedarse sin la fuerza de trabajo que permita expropiar y extraer sus riquezas, el dominador de turno recurre al etnocidio, a la eliminación de la identidad y la cultura de los conquistados. Pero para la eficacia del etnocidio, sobre una población tan numerosa y sobre una cultura tan rica y compleja no basta con pragmáticas, sanciones, expulsiones y conversiones forzadas –lo que por otra parte es mucho más costoso–, es imprescindible logar el “consentimiento” de los dominados para dar apariencia de poder a lo que en realidad es sometimiento por la fuerza (Hannah Arendt). El dominador debe recurrir a otros mecanismos que operan de manera autónoma y automática desde el consciente y el inconsciente de los dominados para desactivar el peligro potencial de que el tigre despierte. Además del miedo, tan profunda y eficazmente inoculado en la mente de nuestra gente por el terror aplicado por los Cisneros o los Queipo de Llano de turno, está el complejo del esclavo que se autoconsidera incapaz de enfrentarse a sus amos e incluso se siente feliz de ser reconocido como buen servidor (el miedo a la libertad de Erich Fromm). Está la pérdida (renuncia) de memoria de la propia historia del que, incluso para un personaje tan poco sospechoso de andalucismo soberanista como José Ortega y Gasset, es “el pueblo más antiguo del Mediterráneo” y el de cultura “más radicalmente suya” de todos los de la península Ibérica, y la aceptación vergonzosa y alienante de la versión humillante de los conquistadores. Está en la autocomplacencia papanata ante los “piropos” sobre la simpatía de una gente supuestamente feliz a pesar de su pobreza. Está en la aceptación de la prostitución de algunas de sus señas de identidad, convenientemente frivolizadas y desalmadas, para dar contenido identitario a lo genéricamente español.

Está el hacer gala de un ridículo españolismo, cual converso que cree tener que exagerar la sinceridad de su conversión, exhibiendo el consumo de productos del cerdo, de marisco o haciendo en sábado la limpieza doméstica para hacerse grato al dominador (excusatio non pe-tita, accusatio manifesta). Está el avergonzarse de nuestra lengua (o digamos, de nuestra forma de hablar, para no entrar en la trampa de estériles discusiones academicistas), de “hablar mal” el modelo lingüístico impuesto por los dominadores. Es sobre todo de estas formas de autorepresión alienante de las que nos habla Huan Porrah reflexionando sobre el caso de Mijas y la aceptación sumisa de los mijeños de la iniciativa de su ayuntamiento de celebrar la inexistente “Toma” de la población por parte del ejército castellano, pero que es un ejemplo extensible al conjunto del pueblo andaluz. Esta reflexión, lejos del flagelamiento masoquista, y ante los tiempos que corren con la desvergüenza de algunos que plantean “enseñarnos a pescar” o imponernos como fiesta oficial de la comunidad autónoma la oprobiosa “Toma” de Granada, nos debe de servir para tomar conciencia, para perder el miedo, para despertar el tigre que somos, y así poder romper con el orden que nos mantiene en la postración y en la desesperanza, conquistando la libertad que proclama nuestro himno, sin la que Andalucía nunca podrá ser solidaria con los otros pueblos de Iberia y de la Humanidad.