El interés cultural
Alberto Santamaría muestra la relación existente entre el nacimiento y desarrollo de la ciencia económica y la fundación de la estética1. El desarrollo que hace Adam Smith del concepto de “interés” corre parejo al concepto que en esa misma época desarrolla Kant (y otros) bajo el término “desinterés”. Al mismo tiempo que se propaga la idea de “la mano invisible del mercado”, hacia 1776, esa misma burguesía liberal ilustrada crea la denominada “experiencia estética desinteresada”. Por un lado, surge el concepto de interés en relación directa con el mercado y, por otro, se considera el arte y la cultura como un modo de purificarse de las impurezas del dinero. Esas ideas hacen que, paradójicamente, el desinterés acabe generando altos intereses (capitales y simbólicos), algo que se puede percibir claramente al analizar la relación histórica entre arte y banqueros, o en las actuales normativas de fundaciones y mecenazgos.
Desde el siglo XVIII se ha ido consolidando una noción determinada de economía y cultura. Hoy, cuando decimos cultura, realmente estamos hablando de “cultura burguesa”, nos dice Jaron Rowan2. El poder de clase (de una determinada clase social) se basa tanto en la capacidad de modelar y consolidar mercados e intercambios económicos como de definir los gustos y estéticas. Un grupo social se hace con la hegemonía cuando logra que la mayoría de las obras artísticas expresen sus intereses y, de este modo, impide visualizar lo que sienten y piensan otros grupos sociales. Así se comienza a percibir y pensar el mundo desde perspectivas que validan y reproducen los valores e intereses de la clase social hegemónica. Y de este modo apenas distinguimos una determinada noción de cultura de la noción de cultura en general, del mismo modo que confundimos economía con economía capitalista.
La doctrina neoliberal tiene un gran interés por la cultura y el arte para propagar e imponer una narración concreta; una semántica concisa (consenso, creatividad, sensibilidad, apoliticidad, etc.) capaz de desterrar cualquier disidencia o ideas de transformación. En estos días, cultura, arte y creatividad se han convertido en elementos consustanciales al neoliberalismo conservador y son promovidas por las instituciones del poder (financiero, económico, político). Desde los movimientos e ideas que hacen frente al neoliberalismo cada vez se confronta menos a estas estrategias de consolidación de hegemonía. En algunos casos, se desprecia el ámbito cultural como algo propio de “intelectuales”, poco vinculado a lo obrero, lo sindical o productivo; en otros, se considera la cultura como un ámbito “neutral”, apolítico, en el que no hay intereses ni conflictos ideológicos y de poder.
El sujeto neoliberal
La “industria cultural”, la conversión de la cultura en mercancía, aumentó el poder e impacto de la cultura burguesa y fomentó la individualización y la denominada “fractura estética”, es decir, percibir a la cultura como algo aislado sin conexión con su contexto, algo que no es político, ni social, ni económico. Con estos dos elementos retroalimentándose, la cultura-mercancía se presenta como si fuera fruto de la creatividad y el genio individual, alejado y desarraigado de los contextos sociales y materiales, de las formas de cultura más comunitarias. De este modo, se dejó de poner énfasis en lo común para incidir en lo particular. Esta es la base de la noción liberal del sujeto como ser autónomo desvinculado de lo comunitario. Antonio Orihuela convierte esto en tragedia y dice: “Nuestra tragedia individual/ es que nos han hecho creer/ que somos empresas unipersonales.” Jaron Rowan lo resumen en el título de su último libro: “Un monstruo llamado yo”3.
El neoliberalismo produce mercancías, mercados y sujetos capaces de reproducir las condiciones que lo hacen posible. La construcción de este sujeto se basa en la noción de individualismo posesivo: creer que somos personas dueñas de sí mismas y llamadas a responder individualmente. El énfasis en la agencia individual constituye una pieza clave del siguiente engranaje: se nos invita a creer que somos seres plenamente autónomos, que nuestra subjetividad emana de nuestro interior y que solo depende de nosotros transformarla, al tiempo que naturalizamos las condiciones materiales que producen esa misma subjetividad. Lo anterior da como consecuencia que las desigualdades o la pobreza no se perciban ya como injusticias colectivas, que pueden ser combatidas políticamente, sino como fracasos exclusivamente personales o humillaciones morales. Así lo expresó Eduardo Galeano: “Hasta hace veinte o treinta años, la pobreza era fruto de la injusticia. Lo denunciaba la izquierda, lo admitía el centro, rara vez lo negaba la derecha. Mucho han cambiado los tiempos, en tan poco tiempo: ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficiencia merece.”
En un contexto de competición neoliberal, el sujeto contemporáneo se ha ido replegando cada vez más sobre sí mismo para no solo vivir bien, sino optimizar su propia existencia. La felicidad se convierte en una tarea de gestión y el yo en un pequeño laboratorio de rendimiento. Esto nos lleva a una cultura de la competencia, el aislamiento, la fragmentación y la desconfianza en relación al otro. El otro pasa de ser un posible aliado a un probable rival. La lógica del conflicto acaba prevaleciendo sobre la lógica de la cooperación. “Cuando necesitamos ventanas, nos venden espejos”, dice de forma brillante Jaron Rowan.
La cultura materialista
Para quienes quieran confrontar el neoliberalismo desde la cultura, es decir, confrontar la cultura neoliberal y dejar de colaborar con la construcción del sujeto neoliberal, existen herramientas de lo cultural. Hay caminos para promover una cultura con la capacidad de tensionar las normas y los sentidos comunes del capitalismo neoliberal.
La visión materialista de la cultura, la cultura materialista, hace frente a la cultura del yo neoliberal porque permite ver cómo nos determinan las tramas sociales y económicas; la cultura materialista nos permite visualizar cómo los sistemas de poder y ejes de opresión afectan y coproducen nuestras subjetividades. Esta visión de la cultura permite articular las ideas con los cuerpos, lo personal en lo social, la vida en las tramas de producción que la sostienen, los imaginarios con las acciones, la cultura y la economía. Esta visión o forma de entender la cultura promueve establecer vínculos y establece que las estructuras económicas y sociales, los mundos materiales, determinan y condicionan lo que pensamos y sentimos; que no hay individuo sin sociedad, como no hay sociedad que se sostenga sin un modelo productivo. Una cultura que rompa la fractura estética y acerque la cultura a la economía. Al cuerpo. A la vida.
Al relacionar lo cultural o artístico con lo material-socioeconómico, se hace frente a la estrategia del poder de “culpabilizar a la víctima”. Sin tener en cuenta el contexto social o material, la pobreza acaba siendo causa de quienes la padecen y, por tanto, “se la merecen”. Debemos huir del “todo depende de ti” y entender y comprender las causas materiales y sociales de nuestro malestar. La cultura del capital te engorda el monstruo llamado yo. La cultura material popular debe adalgazarlo y hacer entender que hay causas fuera de él. Y así que la víctima es víctima, nunca culpable.
(Mañana se publicará una segunda parte de este texto)
1Santamaría, A. (2020): “Política de lo sensible. Líneas románticas y crítica cultural. Akal. En especial el capítulo “Arte (es) propaganda: Fragmentos políticos en la era del activismo cultural neoliberal. Un panfleto.”
2Rowan, J. (2024): “Manual para quemar el liceo”. Traficantes de Sueños.
3Rowan, J. (2026): “Un monstruo llamado Yo. Contracultura reaccionaria y la política de la virtud.” Traficantes de Sueños.
