La frase de Heráclito de Efeso “no te bañarás dos veces en el mismo rio” hace referencia al dinamismo y la transformación continua de nuestro entorno. Esta frase está más de actualidad de nunca en el contexto actual de cambios socio-ambientales acelerados provocados por el ser humano en la era del capitaloceno. Si la aplicamos al Estuario del Guadalquivir vemos que el último tramo del Rio Grande de Andalucía, su zona influenciada mareal, se encuentra en una gran encrucijada. Una encrucijada a la que llega también el pueblo andaluz. Porque el Guadalquivir es también empleo (pesca, agricultura, ganadería, acuicultura, turismo…), cultura, patrimonio inmaterial, identidades y salud. Veamos en qué consiste la Encrucijada del Estuario del Guadalquivir.
Las administraciones publicas que gestionan el Estuario del Guadalquivir, es decir, Junta de Andalucía y Ministerio de Transición Ecológica, lo conducen por el camino del sacrificio a los dioses del extractivismo capitalista. El estuario es el espejo en el que se refleja un rio maduro antes de salir al océano. Espejo en el que quedan reflejadas muchas de las prácticas que se realizan aguas arriba a lo largo de la cuenca hidrográfica. Una cuenca, la del Guadalquivir, puesta al servicio de la agricultura intensiva por la Confederación Hidrográfica y la Junta de Andalucía, tanto en lo que atañe a la cantidad como a la calidad de sus aguas. Así, al Estuario del Guadalquivir cada vez llega menos agua dulce porque llueve menos y se evapora más agua por el cambio climático y, sobre todo, porque hay muchos embalses que canalizan el agua, fundamentalmente, para riego. Una agricultura orientada a la exportación que, junto con los productos agrícolas, exporta ingentes cantidades de agua. Recordemos que el agua dulce que llega al mar no se tira, sino que cumple funciones ecológicas y socioeconómicas claves, por ejemplo, para mantener la pesca y las playas. Además de la reducción de entrada de agua dulce, la subida del nivel del mar (4 cm por década y acelerándose), provocada también por el calentamiento global, hace que cada vez entren más aguas saladas al Estuario. De esta manera, el Estuario del Guadalquivir va camino de transformarse en un brazo de mar. Esto conllevaría la pérdida y debilitamiento de gran parte de los servicios ecosistémicos muy valiosos que ofrece un estuario gracias a que en él se encuentran aguas dulces y saladas, como por ejemplo, secuestro de carbono atmosférico, depuración natural de las aguas y mantenimiento de una biodiversidad singular.
Además de cambios en la hidrología estuarina, las administraciones públicas competentes también son responsables del deterioro en la calidad de aguas y sedimentos. Llegan al Estuario del Guadalquivir, desde hace décadas, ingentes cantidades de material particulado procedente de la erosión de campos agrícolas aguas arriba debido a una muy deficiente gestión de cuenca. A esto hay que sumar la entrada masiva de productos químicos potencialmente tóxicos y nutrientes procedentes, principalmente, de una depuración insuficiente de aguas residuales de núcleos urbanos y de fertilizantes, plaguicidas y herbicidas agrícolas. A esta contaminación de origen urbano y agrícola que mantiene al estuario muy tocado, han añadido ahora contaminantes emergentes como nano-, micro- y macro-plásticos. Por si todo esto no fuera bastante, el Estuario del Guadalquivir está siendo contaminado gravemente con metales y metaloides potencialmente tóxicos vertidos a la altura de La Algaba por la Mina de Cobre Las Cruces desde 2008. Estos metales, acumulados en los sedimentos del fondo, están provocando efectos ecotóxicos y bioacumulándose en concentraciones muy elevadas en peces, crustáceos y la vegetación de las orillas. Además, ya hay autorizados dos nuevos vertidos mineros al Estuario, un segundo vertido de la Mina de Cobre Las Cruces y otro asociado a la reapertura de la Mina de Aznalcóllar que, según volúmenes y concentraciones de metales autorizadas, multiplicarían la grave contaminación actual por diez.
A la alteración de la hidrodinámica y la calidad de las aguas del Estuario del Guadalquivir se suma la introducción de especies exóticas invasoras. Tras las invasiones biológicas del siglo XX que transformaron, profundamente, la desembocadura del Guadalquivir, como la del cangrejo rojo americano, se han añadido ahora las del cangrejo azul y el siluro. Además, está la amenaza de entrada desde la Dársena en Sevilla al Estuario de “la lagunilla”, una de las plantas acuáticas más invasoras del mundo. Por si todo esto fuera poco, el trazado del cauce del Estuario ha sido alterado históricamente, en numerosas ocasiones, con ‘cortas” que eliminaron meandros para facilitar la navegación. Una navegación dependiente de un dragado, más o menos continuo, del fondo del Estuario.
Como hemos visto, el proceso de degradación del Estuario del Guadalquivir viene dándose desde hace décadas y se está agravando recientemente con vertidos mineros en el marco de la crisis climática. Esta degradación ha conllevado la pérdida de grandes valores ambientales y socioeconómicos, cuyo mejor símbolo es la extinción del esturión. Si el Estuario del Guadalquivir continúa por la senda que le vienen marcando las administraciones públicas competentes llegará a ser un territorio de sacrificio al servicio de unos pocos, como tubería de residuos a cielo abierto. Un río sacrificado, como antes sacrificaron el Tinto y el Odiel y muchas riberas y barrancos en Huelva y Sevilla. El sacrificio del Estuario del Guadalquivir reforzaría y extendería el “Triangulo del Cáncer”, ya establecido entre Huelva, Sevilla y Cádiz. Y es que el sacrificio del Guadalquivir no se limitaría a sus aguas y orillas, se extendería mucho mas allá en el Golfo de Cádiz, que ya recibe ingentes cantidades de metales desde los ríos Guadiana, Odiel y Tinto. El sacrificio del Rio Grande Andalucía tiene un valor simbólico innegable de la venta de nuestra tierra, y nuestros cuerpos, a los capitalistas internacionales.
Sin embargo, existe otro Guadalquivir. Es el Guadalquivir de los proyectos de restauración ecológica de marismas desarrollados por colectivos como Salarte y WWF. El Guadalquivir de la anguila y la lamprea, y de los intentos de regulación de la pesca interior por parte de riacheros y del Ayuntamiento de Coria del Río. El Guadalquivir de los pescadores de pesca deportiva que se acercan a sus orillas cada día, de quienes visitan las marismas para observar aves y de las guías de naturaleza y educadores ambientales, de quienes disfrutan de la gastronomía local y de las plantillas de los restaurantes, ya sea en las marismas o en la desembocadura. Un Guadalquivir, en positivo, de los ayuntamientos ribereños que lo defienden de los vertidos mineros, de los pescadores y mariscadores que dependen de la calidad de sus aguas y sedimentos, de quienes mantienen y disfrutan de los corrales de pesca centenarios de Rota, Chipiona y Sanlúcar de Barrameda, de los agricultores de los navazos, de los pastores que conducen rebaños de cientos de ovejas a lo largo de sus orillas, de quienes apuestan por un sistema de transporte fluvial y ecológico de pasajeros que conecte Sevilla con pueblos ribereños del área metropolitana, de la ciudadanía que exige que la ciudad de Sevilla se abra al Estuario con un Anillo Verde-Azul al servicio de sus vecinas, de quienes apuestan por conservar una Doñana dependiente del Guadalquivir, de los colectivos ecologistas que defienden el Río, de los periodistas que crean contenido didáctico y de entretenimiento estrechamente ligado a los valores culturales y ambientales del Río Grande, de los y las artistas que se inspiran en el fluir de sus aguas y la vegetación de sus orillas, de los artesanos que utilizan sus arcillas para cerámica y ladrillos, de quienes pasean cada día por sus riberas, de la comunidad científica que investiga en el valioso laboratorio natural que es el Guadalquivir… Un Guadalquivir que ha atesorado, durante siglos, grandes valores históricos, ambientales, socioeconómicos y culturales. Un Estuario del Guadalquivir que no tiene precio y está más amenazado que nunca.
El Estuario del Guadalquivir está en una encrucijada. Los vertidos mineros, sumados a impactos anteriores, muchos de los cuales continúan, podrían acabar conduciéndolo por el camino del sacrificio al extractivismo, alejándolo de la gente que, con el tiempo, perdería la memoria ambiental de un río vivo. Por otro lado, una movilización social diversa y coordinada podría estrechar, aún más, los lazos entre las aguas del Río Grande y su gente. Una movilización social consciente de su ecodependencia que conservase y reforzase los servicios ecosistémicos que el Río nos ofrece. Así, una gran mayoría social ganaría empleos realmente sostenibles, calidad de vida, salud y felicidad. Porque el Guadalquivir corre por nuestras venas.
Autoría: Jesús M. Castillo. Catedrático de Ecología, Universidad de Sevilla.
