Reflexiones desde abajo, por la izquierda y con los activismos del Sur

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Los pasados días 14 y 15 de diciembre pueden quedar marcados como punto de inflexión en el rumbo de (algunos) activismos de abajo y a la izquierda en esta geografía. Las jornadas de coloquio, exposición y venta de obras de arte que han tenido lugar en los espacios autogestionados en resistencia Lanónima-Tramallol y la Casa Palacio del Pumarejo, podrían haber resultado un preámbulo, el visado que necesitan los colectivos previo al Día Internacional de las Personas Migrantes, establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas el día 18 de diciembre. Sin embargo, por voluntad propia ha querido escapar a la ocasión, a la fecha clave y a la interacción mecánica en un momento en que el éxito de cualquier convocatoria se mide por la afluencia y el número de likes que el acontecimiento refleja en redes. Si no está ahí, no ha existido. “Regalemos vida a quienes se la hemos robado”, es un lema que resuena asistencialista y provocador –por lo que nos interpela- a partes iguales, pero que basa su relevancia en las voces que lo sostienen: Malik Gueye, del Sindicato de Manteros de Madrid, Ibrahima Seydi, fundador del proyecto Zig Action ÁFRICA, Ibra Niang, pintor, rapero y temporero en Huelva, Mbaye Thiaw, del Colectivo de Manteros de Sevilla y Mahmoud Traore, autor del libro “Partir para contar”. Ellos, y el esfuerzo colectivo que estas jornadas han supuesto, sin grandes organizaciones e instituciones que amparen este acto. Esto último es importante, porque aunque resulte incómodo, es necesario preguntarnos lo que cuesta el activismo, sin fantasías altruistas ni paños calientes, para tratar de respondernos al por qué se visibilizan los y las de siempre. Cinco personas que no necesitan más que su presencia, nombre y una brevísima reseña para reparar en que normalmente no ocuparían más que un lugar de figuración en paneles al uso, es decir, aquellos donde en aras de la diversidad e igualdad representativa, hay personas que exponen a partir de su trayectoria académica-laboral –legitimada en función de qué tan experto/a eres en la materia- y otras a partir de su propia corporalidad y biografía. Generalmente son estos últimos sujetos quienes encarnan los saberes sobre los cuales se discute o reflexiona, aunque paradójicamente este hecho no se refleja en su inclusión, ni en términos numéricos, pues los expertos acostumbran a ocupar los roles más representativos en estos eventos –introducción, moderación, conclusiones etc-, ni en función de la jerarquía de los saberes, pues una voz experta parece más provechosa que una historia de vida, por eso en estos espacios abundan más las primeras que las segundas.

La idea de subversión de esta dinámica establecida –y naturalizada- donde muchos argumentan y pocos encarnan la materialidad de este argumento, ha sido uno de los objetivos centrales de estas jornadas, pero podría extenderse a cualquier ocasión reivindicativa o asamblearia de muchos activismos de abajo y a la izquierda: la invitación a sostener pancartas en un idioma extranjero, o el llamamiento a la participación de “colectivos de base”, porque así lo ha decidido el grupo motor de algún proceso que ya arrastra varias reuniones y directrices establecidas, no puede marcar el camino de la interseccionalidad ni la justicia social, por más que se éstas se pinten desde la ¿reinvención? de lógicas cotidianas como la ternura, el comadreo o el poderío. Si para que los de arriba caigan, las élites de las bases tienen que manejar los hilos para decidir qué es “lo bueno” para las de abajo, no solamente se descuidan estos términos, sino que terminan por instrumentalizarse, exotizarse y romantizarse. En medio de la gran heterogeneidad que representan “las bases”, existe una mirada paternalista que reproduce lógicas coloniales en la medida en que veta determinados discursos y formas organizativas al tiempo que “saquea” saberes que sí considera pertinentes y que no forman parte de su propia naturaleza. Y esto ocurre en tanto se habla de referentes como la importancia de las ancestras, las vecinas o las realidades diversas, desde lugares y prácticas donde éstas no siempre pueden nombrarse a sí mismas. Esta falta de espacio no necesariamente responde a una voluntad consciente de exclusión –aunque sorprendería la cantidad de contextos donde esta dinámica sí es deliberada-, sino a la escasez de reflexión acerca de nuestros propios privilegios: como se relataba al principio, el activismo “cuesta”, desde el razonamiento más simple, que es el monetario, al tiempo que revierte en capital –cultural, material o simbólico- en el caso de sujetos que profesionalizan el espacio de las luchas sociales. No se trata de romper con las estructuras académicas, políticas u organizativas que trabajan con contextos de violencia, pobreza o desigualdad, sino de entender que estas características no pueden ser naturalizadas como “datos”, porque tienen lugar y son vivenciadas en sujetos que las enfrentan. Así, es necesario abordar su transformación desde espacios que efectivamente garanticen su pertenencia. De otro modo, se estará negando que exista una relación asimétrica de partida y se perpetuará la existencia de un “otro/a” que sirve como base de artículos, libros y programas del llamado activismo y política de nueva izquierda, en su representación como “objeto de interés” en lugar de “sujeto con agencia”. Esta última idea de agencia, que ha terminado por convertirse casi en un comodín, es el nuevo elefante en la habitación de los movimientos de abajo y a la

izquierda. Puede que en parte no se aborde por su complejidad, o tal vez porque en el fondo nos avergüenza haber insistido en la reproducción de una falsedad tan obvia: los espacios de abajo no funcionan igual para todas porque están pensados desde una comodidad autorreferencial que siempre favorece a quien tiene arraigo y vínculo con el lenguaje que los construye y el espacio que les da forma. Hoy corresponde pensar de otras maneras, desplazar la idea de “participación” o “colaboración” en pos de reflexiones mucho más complejas, que pasan por construir sentido de pertenencia. Las jornadas del 14 y el 15 de diciembre anuncian que se están gestando nuevos modos de pensar en el activismo y que para abrazar estos procesos es necesario dejar paso a nuevos lenguajes, presencias y prácticas y romper con parte de lo aprendido. Es una invitación abierta a aprender sobre escuchar-hacer y a cuestionarnos algunos modos de decir-estar. Sin necesidad de pedagogías, consensos, ni “vistos buenos”. Nace de abajo e interpela a las de en medio desde su propia autonomía, hartas de la retórica de “Y a nosotr@s, ¿de qué nos va a servir esto?”.

Autoría: Mª JOSÉ BARRERA (Feminismos de los Sures) y ANDREA OLIVER SANJUSTO.

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