Un verano cotidiano

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Vamos contando las noches que nos quedan para el regreso a casa mientras nos dirigimos a Flandes. Iniciamos el roadtrip familiar anual, repitiendo el plan que hemos repetido estos últimos años, nos vamos cuando la mayoría de gente regresa a la ciudad y a la vida cotidiana, es un buen plan sin ninguna intención de escapar. Sin embargo, esto no significa que el descanso de verano comience ahora, ya que, después de celebrar la semana de la abundancia a finales de junio, y con los descendientes de vacaciones, hemos seguido trabajando, tratando de disfrutar y hacer un verano cotidiano.

Un buen día de verano puede ser así: despertar tranquilamente cuando el cuerpo lo pide por la mañana, una ducha y a desayunar, hacer un poco de trabajo después de organizar el cuidado de la familia, tomar un aperitivo en la calle al mediodía, estar con la gente en ambiente de verano e imaginar proyectos para el futuro próximo, preparar la comida. Por la tarde, una buena siesta si todo está en calma, luego un baño en la piscina, en una poza, o un paseo en bicicleta, leer mucho. Cenar sencillo fuera por la noche, o relajadamente en la terraza de casa, a veces ir a la feria del pueblo de al lado, disfrutar con las amistades y la familia. No son ingredientes caros, aunque no siempre están disponibles para todas las personas, pero un buen día de verano cotidiano se puede hacer en la propia ciudad o en el pueblo, sin necesidad de artificios. Durante estas últimas semanas hemos tratado de acercarnos a ese ideal, a veces lo hemos conseguido, otros días no.

Pero creo que estamos perdiendo el sentido del verano. Por un lado, el deseo fabricado del turismo de masas ha hecho inevitablemente viajar lejos, no importa a donde, y tocar el lujo capitalista, aunque solo sea por un instante. Por otro lado, el innegable cambio climático ha hecho que el verano sea sinónimo de olas de calor, desigualdades y crisis sociales cada vez más acuciantes.

Os propongo reclamar y recuperar el verano, un verano habitable y cotidiano, como utopía humilde e imperfecta: trabajar, pero poco y con buen reparto, pasando mucho tiempo relajado con las personas que queremos, descansando y durmiendo bien, organizándonos sin horarios, haciendo cosas que nos gustan, satisfacer nuestra curiosidad aprendiendo en el camino, hacer mejores nuestros pueblos cuidando sus comunidades, encontrando y aprovechando los lujos comunales que nos ofrece la cotidianeidad.

La vuelta a lo cotidiano suele ser un momento de deseo de cambio y de nostalgia de una vida colectiva habitable, del verano cotidiano. Os animo a buscar en lo cotidiano el germen de un buen verano sin fin, a realizar los cambios que están en vuestras manos, en colectivo, construyendo vidas vivibles desde el trabajo soberano, gritando «¡más Epicuro!»

Pronto estaremos en casa, con ganas de trabajar para que el verano cotidiano sea todos los días. ¡Feliz regreso!

Autoría: Beñat Irasuegi. Cooperativista vasco. Talaios Koop.

Texto original publicado en euskera en la revista Argia.