Vivimos tiempos convulsos. La entrada de la ultraderecha en el Gobierno de la Junta de Andalucía ha situado la educación y, en particular, la enseñanza de la Historia en el centro de una batalla ideológica. Se reclama que la memoria democrática se estudie únicamente desde el prisma de la violencia de ETA, mientras que en otros territorios del Estado se exigen inspecciones al profesorado para vigilar que sus explicaciones no tengan lo que denominan «sesgo ideológico»; es decir, para garantizar que respondan exclusivamente a su propia visión de la historia.
Ante este escenario resulta inevitable preguntarse por qué la enseñanza de la Historia en Andalucía se encuentra en una situación tan preocupante. ¿Por qué el alumnado andaluz apenas conoce la historia de Andalucía? ¿Por qué desconoce buena parte de la historia reciente del Estado español? ¿Y por qué sigue sin conocer a tantas mujeres que desempeñaron un papel esencial en la construcción de nuestra sociedad?
Las respuestas son múltiples. A todo ello hay que añadir que los sucesivos gobiernos han contribuido a debilitar la educación pública. Primero, los gobiernos del PSOE por su inacción y, actualmente, el Gobierno del PP por una actuación decidida que continúa entregando progresivamente la educación pública a empresas y patronales, mayoritariamente de carácter católico (alrededor del 75 %), mediante el modelo de la enseñanza concertada. Se trata de una anomalía democrática que se consolidó en España y que la derecha andaluza, con el camino ya allanado, ha ido ampliando desde 1986. Todo ello mientras desaparecen cerca de 3.000 aulas públicas, según datos oficiales.
Si nos centramos en la enseñanza de la Historia en Andalucía, encontramos tres grandes desiertos temáticos, apenas salpicados por pequeños oasis: la memoria democrática y la historia reciente, la historia de las mujeres y la historia de Andalucía.
El primero de estos déficits afecta a la historia de las mujeres y a la perspectiva feminista. Durante décadas han permanecido prácticamente ausentes de los contenidos curriculares. Solo este año una mujer artista, La Roldana, ha aparecido por primera vez en una prueba de la PAU. Más allá de este avance puntual, la historia de las mujeres, la perspectiva feminista y la propia historia del movimiento feminista siguen siendo ignoradas de forma sistemática en la mayoría de los libros de texto. Aunque aparecen recogidas en la legislación educativa y en los objetivos de la materia, la realidad es que rara vez se desarrollan en el aula.
La presencia de las mujeres suele limitarse a las fechas conmemorativas y depende, en gran medida, de la voluntad y el compromiso del profesorado, especialmente de muchas maestras y profesoras que hacen un esfuerzo por incorporar estos contenidos. Resulta difícil comprender cómo se sigue invisibilizando a más de la mitad de la humanidad en el relato histórico que se transmite a las nuevas generaciones.
El segundo gran problema es el relativo a la memoria democrática y a la historia reciente de España. El alumnado finaliza la educación obligatoria con un conocimiento muy limitado de los acontecimientos que han configurado nuestro sistema democrático.
Parte de este problema puede encontrarse en determinados centros privados concertados, donde los contenidos pueden verse condicionados por la orientación ideológica de sus equipos directivos. Sin embargo, el origen principal reside en el propio diseño curricular, heredero de una estructura que hunde sus raíces en el franquismo y en la Transición.
El currículo distribuye la Historia de forma que en 1.º de ESO se estudia desde la Prehistoria hasta Roma; en 2.º de ESO, desde la época visigoda hasta el final del Antiguo Régimen; 3.º de ESO se dedica fundamentalmente a la Geografía, con una breve aproximación a las instituciones políticas; y es en 4.º de ESO, el último curso de la enseñanza obligatoria, donde se pretende abordar desde el siglo XVIII hasta la actualidad.
El resultado es un temario completamente inabarcable que relega al final del curso los contenidos esenciales para comprender la democracia española contemporánea. En la práctica, esos contenidos apenas llegan a impartirse o se hacen de manera superficial. Como consecuencia, miles de estudiantes terminan la ESO sin comprender el funcionamiento del Estado, sin conocer en profundidad la Guerra Civil, la dictadura franquista, la represión, la Transición o el desarrollo de nuestro sistema democrático.
El tercer gran vacío es, probablemente, el más llamativo para un territorio como Andalucía: la práctica ausencia de la historia de nuestra propia tierra.
¿Qué conoce realmente el alumnado sobre Tartessos? ¿Qué sabe de los pueblos íberos que habitaron Andalucía? ¿Qué aprende sobre la Bética romana, uno de los principales centros económicos, culturales y poblacionales del Imperio romano?
En 2.º de ESO se estudia Al-Ándalus. Sin embargo, parafraseando al historiador Antonio Manuel Rodríguez Ramos, ¿dónde están los siete siglos de historia de Al-Ándalus? Toda esa extraordinaria etapa histórica queda reducida a un único tema del libro de texto. Se trata de un periodo en el que Andalucía fue un auténtico crisol de culturas y alcanzó algunos de los mayores logros científicos, filosóficos, médicos, artísticos y arquitectónicos de Europa. Desde el Emirato y el Califato de Córdoba hasta el Reino Nazarí de Granada transcurren siglos fundamentales para comprender la identidad histórica andaluza, que apenas reciben atención.
Paradójicamente, el currículo dedica una extensión mucho mayor al feudalismo —un sistema que apenas tuvo implantación en Andalucía— o a la formación de los reinos cristianos del norte peninsular.
La situación no mejora cuando nos acercamos a la historia contemporánea andaluza. Apenas se estudian los orígenes del preandalucismo, surgidos en paralelo a la Constitución de Cádiz; tampoco la evolución del andalucismo político, el papel desempeñado por Andalucía durante la Segunda República o la importancia de la lucha por la autonomía durante la Transición, simbolizada especialmente por las movilizaciones del 4 de diciembre de 1977.
Paradójicamente, el actual Gobierno andaluz ha convertido el 4 de diciembre en el Día de la Bandera de Andalucía, apropiándose de una fecha cargada de significado histórico, despojándola de buena parte de su contenido reivindicativo y transformando su memoria colectiva. Sin embargo, ¿qué conoce realmente el alumnado sobre aquella movilización popular y sobre el proceso que permitió a Andalucía acceder a su autonomía por la vía del artículo 151?
Si comparamos nuestra situación con la de otras nacionalidades históricas del Estado, el tratamiento de la historia propia en Andalucía resulta claramente insuficiente.
Democracia, feminismo y andalucismo constituyen tres pilares imprescindibles para comprender la Historia en toda su complejidad. Sin ellos no es posible formar una ciudadanía verdaderamente crítica, democrática e igualitaria.
Mientras estos tres grandes ejes continúen ocupando un lugar marginal en las aulas, la enseñanza de la Historia seguirá siendo una oportunidad perdida. El alumnado difícilmente podrá desarrollar un auténtico espíritu democrático, comprender la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres o conocer el pasado que explica la Andalucía de hoy. Una sociedad que desconoce su historia es una sociedad más vulnerable frente a la manipulación, y una Andalucía que ignora su propio pasado es una Andalucía huérfana de memoria y de identidad.
Autoría: Fran Fernández Rodríguez. Profesor de Geografía e Historia.
